MALWARE

Malware es el término que se usa en inglés para designar al software malicioso.

Por software se entiende cualquier aplicación instalable en un ordenador.

El problema del malware es que se instalan sin permiso del propietario, lo mismo que los graffitis que estamos dando en Plástica, que los dibujan los graffiteros sin permiso del propietario del muro que toman por lienzo. Por eso les explico a mis alumnos que el graffiti, por muy bonito y artístico que sea no es legal, mientras que la pintura mural, que se hace en un muro con autorización del propietario, sí lo es.

Esto, tan sencillo de entender, es algo que, sin embargo, a muchos no les han explicado en la escuela. No sé si se habrán fijado cuando caminan por la ciudad la cantidad de graffitis (a menudo ni siquiera con un mínimo sentido artístico) que inundan las paredes, basuras y mobiliario urbano. No es fácil reparar en ellos; a menudo nos cuesta ver esos pequeños detalles que pasan inadvertidos si uno no se fija mucho. Es necesario ir con el “chip” activado para darse cuenta. Pero fíjense y verán, porque los hay, nos rodean por doquier.

Una de las señas de identidad de los graffiteros es su inconformismo; el graffiti se realiza como símbolo de protesta, para reivindicar una serie de ¿cosas? (no me pregunten cuales) a una sociedad que no satisface las demandas de algunos ciudadanos. El graffiti es, en sí mismo, destructivo, porque rompe con el sistema pre-establecido y se jacta de ir “en-contra”… lo que no nos dice nos dejan claro es qué es lo que denuncia. Su intención se basa más en negar y rechazar la realidad, que en construir una nueva más armónica.

Volviendo al malware, quiero dejar clara la diferencia entre malware y virus. Mientras un virus te indispone para seguir con tu actividad normal, te impide seguir trabajando o hasta puede eliminarte archivos, el malware te permite continuar con tu actividad “normal”, sin dejar inutilizado el ordenador. El malware se conforma con infiltrarse entre los archivos e impedir una experiencia plena de navegación o de uso de los programas… más o menos como una ampolla en la planta del pie, que no te impide seguir andando pero convierte seguir andando en algo incómodo y hasta doloroso.

Cuando entra un malware en el ordenador uno actúa con normalidad; al principio molesta un poco que salgan ventanas emergentes que hay que ir cerrando, o que aparezcan archivos extraños que uno no ha creado ocupando espacio. Se soporta con un poco más de paciencia al principio pero, poco a poco, uno se va enfadando más y más, cuando ve que se convierte en rutina el tener que ir cerrando ventanas flotantes cada vez que se abre el navegador de internet.

Casi prefiero ese otro tipo de malware que, sin decirme a mí nada, recaba información personal de mis costumbres de navegación o incluso de mis datos personales. A mí, mientras no me entere, la verdad, que no me importa. Lo mismo que mi madre, que a veces le tira a mi padre la caja del vídeo beta o las instrucciones de la nevera de hace 20 años que ya no está en garantía porque, total, para que estén ahí ocupando espacio, mejor limpiar.

Ignorar el perjuicio que a uno le hacen, a veces puede aliviar el daño. Sin embargo, mi amigo informático al que llevo el ordenador una vez al año, para hacer limpieza no opina lo mismo. Para él es mucho peor un virus que te destruye la información que un malware, con el que puedes convivir y seguir trabajando, por muy molesto que sea. Yo siempre le digo: “Mira Juan, a mí que se me meta alguien en mi vida sin yo darle permiso me parece un ataque a mi intimidad; me lo formateas entero y ya está…”.

Recientemente hemos sufrido según los medios de comunicación un ataque de un virus a gran escala que ha afectado a los ordenadores de grandes empresas e instituciones. Yo creo que ha sido más la alarma que el perjuicio real provocado. Aunque, la verdad, lo desconozco. Los medios de comunicación es lo que tienen, que a veces pueden crear una enorme onda expansiva de una mosca que ha caído en un vaso de leche.

Lo que sí es cierto, según informes oficiales es que los ataques cibernéticos están creciendo de forma exponencial en los últimos años. Y si hay tantos graffitis y tanto malware malintencionados yo creo que es porque algo “falla” en la sociedad que cada vez hay más gente disconforme que no sabe cómo dar escape a su frustración. Y es por ese descontento que algunos intentan llamar la atención para que nos fijemos en su dolor y su sufrimiento, porque necesitan que todos nos demos cuenta de lo mal que lo están pasando. Supongo que cuando uno no está a gusto, consuela ver que los demás tampoco lo están.

Por eso considero yo importante saber sobrellevar la angustia, la desazón, el desánimo, porque si no aprendemos a convivir con el dolor, no podemos diferenciarlo de la satisfacción y el bienestar y dejaremos que nuestras acciones se impregnen de ese malestar que, inevitablemente, se contagia.

Pero claro, para aceptar el dolor también hay que saber “ablandarse”: porque hay quien se percibe duro y seguro de sí mismo, como una piedra y en su convicción de que “tiene la razón” no se da cuenta de que es incapaz de cambiar, de asumir las críticas, las verdades bien dichas y entonces cuando alguien le dice algo que le causa dolor se pone a la defensiva y piensa que le están atacando… y a veces hasta ataca para no sentir su propio dolor. También los hay a los que ya todo “les resbala”, y ni siquiera se inmutan cunado le dicen algo (con ellos no va la historia). Y por último estamos los más “débiles”: aquellos a los que todo nos afecta, probablemente más sensibles pero también más inseguros; somos los que peor lo pasamos, porque no podemos evitar sufrir con el mínimo atisbo de dolor, a veces nos basta con imaginarlo.

Alguien a quien tengo cada día en más alta estima me sorprendió esta semana detectando en mi respiración cierta inquietud (¿podría ser la inquietud una forma de dolor?). Es curioso ver que hay gente que puede solo con sentirte percibir tu estado, sin mediar palabra. Según parece todos estamos expuesto a algún tipo de bloqueo respiratorio: unos abusamos de la inspiración y lo reflejamos con una postura corporal contraída, porque creemos que nos va a faltar el aire; otros abusan de la espiración y se muestran corporalmente “aplatanados”, tienden más a la relajación o al esparcimiento, sin saber que también pueden ocupar su espacio en el mundo.

Un ejercicio genial para liberarse la contracción para aquellos que sentimos que nos ocupan el espacio es soplar (véase el punto 7 de este link7 ). Por eso creo yo que soplamos las velas en las tartas de cumpleaños, porque así mientras soplamos, echamos todo el estrés del año y podemos comenzar otro año más vaciados de todo lo malo que nos ha pasado. Y por eso, seguramente, cuantos más años cumplimos más velas ponemos, no porque seamos más viejos, sino porque el paso de la vida trae siempre muchas amarguras y tenemos que dedicar más tiempo a soplar para echarlas fuera.

Y así, sin saberlo, el niño inconscientemente se sopla el dedo cuando se hace pupa pensando que así se le va a pasar el dolor; o resoplamos los adultos ante una dificultad muy grande, para aligerarnos de la carga que se nos avecina.

Pero hoy no quiero explayarme mucho, que estamos en época de exámenes y yo también tengo mucho que estudiar. Así que les voy a ofrecer un final abierto a mi entrada, para que ustedes mismos decidan como quieren terminar, así de paso demuestro a mi querida Pilar que la voluntad y la fe puede mover montañas :D.

Con lo que para terminar, les dejo a elegir el final de la entrada…

Si usted desea terminar esta entrada sabiendo más sobre: Cómo puede ayudar a su hijo/a el sencillo acto de soplar pulse aquí

B)  Si usted quiere conocer cómo puede ayudarle en su vida asumir el dolor pulse aquí

C)  Si no quiere leer tonterías y usted lo que quiere es arreglar su pendrive porque se le ha infectado con un malware que le ha convertido las carpetas en accesos directos, pulse aquí

 

 

Y por hoy, fin, Suerte a todos y todas con vuestros menesteres de fin de curso ;)