A LAS MADRES

Hay algo equivocado en “el día de la madre”.

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Hoy tengo miedo de escribir, no por mí, sino por mis lectoras, por cómo puedan recibir estas palabras. Probablemente la reacción que más me asuste de todas sea la de mi propia madre, que también “me sigue en el blog”.

Cuando alguien me dice que “lee lo que escribo”, no sé bien qué contestar; lo recibo con perplejidad, porque no sé en realidad qué quieren decir con eso ¿será buena o mala señal? Lo cierto es que reconforta saber que alguien me escucha; aunque el propósito de escribir para mí es, sobre todo, catártico (escribo más para liberarme que para ser comprendido) es extraño darse cuenta de que la difusión en una plataforma como ésta tiene necesariamente una repercusión. No es que ello vaya a hacerme cambiar. Afortunadamente este centro da cabida a todas las opiniones y es muy pluralista en ese sentido, así que me siento lo suficientemente libre como para expresarme sin restricciones.

Sin embargo, debo confesar que una de las opiniones que sí me influye y de las que me resulta más difícil liberarme es la de mi madre: a menudo me dice después de leer mis entradas que aprenda a ser más sintético, que me voy por las ramas contando historias, que empiezo con una idea y voy enlazando otras sin orden ni concierto y que al final todo queda confuso y no se comprende bien el tema, el mensaje… ¡¡como si hubiera un mensaje que comprender!! Yo me siento honrado de que por lo menos me lea, y que ejerza su crítica, porque eso es señal inequívoca de que se interesa por mí y nos comunicamos, aunque lo cierto es que hace ya mucho tiempo que dejé de aspirar a que me comprenda. Dos personas que piensan diferente no pueden nunca llegar a comprenderse; todo lo más se aceptarán. Y ese esfuerzo, el de quererme tal como soy, es el que yo reconozco que mi madre ha hecho siempre y por el cual le estaré eternamente agradecido.

Y por eso mamá, porque te quiero mucho, escribo esta entrada pensando en ti, aunque te pueda doler, para que entiendas que no por ser madre mía mi vida va a depender siempre de la tuya al igual que la tuya puede ser independiente de la mía. Así que con esa idea de soltar y dejar ir me gustaría que aceptes estas letras no como puñales que hieren sino como manos tendidas que desaparecen para que tu niño interior aprenda a sujetarse por sí solo sin ayuda de nadie.

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Decía E. Wenger en un libro sobre comunidades de práctica que si queremos innovar nuestra visión de futuro, debemos de olvidar nuestras estructuras mentales y adaptarnos a nuevas maneras de pensar, porque si mantenemos un patrón establecido de pensamiento, no seremos receptivos a nuevas ideas y nos parecerá descabellado todo lo que se salga de las estructuras previamente asumidas.

Es por eso que he empezado la entrada de hoy con una frase tan ¿desagradable?, para intentar dar una vuelta de rosca a la monotonía de un día que se ha convertido, como el de los enamorados, o el del padre en una tradición con cierto tufillo comercial. Así que siguiendo el ejemplo de autenticidad que nos dio Daniel en su presentación del libro, espero siendo claro desde el principio, poder desafiar los mecanismos cursis y sentimentaloides que se ocultan detrás de la institucionalización de un día dedicado a las madres.

En relación a la condición de madre, hace poco terminé de ver la tremenda serie Happy Valley. Salí tan excitado como conmocionado de ver cómo la protagonista (una mujer sargento de policía) sacrificaba su vida si hacía falta por vengar la muerte de su hija. Bien podría aplicársele - aunque con mucha más clase y autenticidad - la horripilante frase de la incalificable Belén Esteban de “por mi hija mato”. No obstante y por poco que me guste Belén Esteban, lo cierto es que se esconde una gran verdad detrás de esa rotunda afirmación y es que el vínculo que une a una madre con su hijo/a es de una fuerza indestructible. En la serie en cuestión la sargento Catherine muestra una iniciativa y valor que muchos hombres quisiéramos para nosotros; no sé si es innata esa resistencia infatigable ante un entorno hostil, pero tal como aparece retratada, yo diría que es la muerte de su hija el detonante de tanta fortaleza, como si a partir de entonces, se hubiera dado cuenta la madre de que, sin su hija, ya no es nada. Incapaz de olvidarla, encomienda su vida a hacer justicia persiguiendo al causante de su muerte y comienza a cuidar de lo único que le queda de ella (su nieto) a pesar de que éste le haga revivir el recuerdo de las dramáticas circunstancias de su pérdida.

A la inversa, también el traer una madre al mundo a un bebé es algo que veo, por experiencia ajena, que confiere a la mujer una fuerza sinigual. Me viene a la cabeza aquella madre embarazada que visitaba la academia en la que nos preparábamos para la última oposición de Secundaria que, lejos de sentirse cansada, tenía la firme convicción de sacarse una plaza para asegurar el futuro del retoño que estaba por llegar. Y vaya que si sacó la plaza, no hubo nadie que la superara… Mi madre también sacó su plaza de funcionaria estando embarazada, para que luego digan que se discrimina a las mujeres en el mundo laboral.

Desde mi ignorancia para comprender cómo es el contacto con un ser que ha salido de tus entrañas diría que debe tener algo reptiliano, como el rabo de la lagartija, que una vez separado del cuerpo, sigue moviéndose como si estuviera en incomprensible conexión con el cuerpo del animal del que se ha escindido. La controvertida discusión sobre si los gemelos univitelinos sienten lo mismo o no, se torna indiscutible cuando se trata de hablar de los sentimientos de una madre hacia su hijo. Erich Fromm lo describía como “amor incondicional” al amor que una madre profesaba por su hijo, porque no se pone jamás en duda, independientemente de si el objeto amado se comporta de una manera o de otra.

Tal vez radique ahí el sufrimiento de una madre cuando quiere a un hijo, en que, precisamente, haga el vástago lo que haga, ella está perennemente “condenada” a quererlo.

Trayendo a colación planteamientos teóricos de la psicología - de esos que tanto me gustan -citaré aquí la teoría de las relaciones objetales, que establece que la evolución del infante pasa por un estado inicial de estado de fusión indiferenciada con la madre que va desarrollándose progresivamente hacia una mayor autonomía como individuo hasta darse finalmente la separación plena, que ocurre cuando la persona se forja con un Yo diferenciado. Ni que decir tiene que este proceso, por muy espontáneo que sea no está exento de crisis y es probablemente en la adolescencia donde más evidentes se hagan, debido a la necesidad del adolescente de adquirir su propia identidad.

También conviene decir que en España las estancias de los hijos en la casa de sus padres se prolongan por mucho más tiempo que en otros países del mundo, lo cual muy posiblemente influya en que haya más tiempo de convivencia, con el consiguiente peligro de originarse disputas familiares. La obligación de compartir un espacio conjunto hasta una edad avanzada es lógico que produzca tensiones en los vínculos familiares cuando llegados a un punto, cada uno necesita su “espacio” en unos pisos que tienden a ser cada vez más reducidos debido al alto precio de la vivienda - la culpa siempre es de los políticos, ya se sabe -.

Cuando hablo con algunos alumnos, padres o madres a menudo me asaltan recuerdos de mi propia infancia y de cosas que me decía mi madre. Pero me cuesta, si me preguntan, dar consejos sobre cómo puede actuar una madre con un alumno, porque ni creo estar capacitado para ello ni me gusta intervenir en cómo debe nadie educar a sus hijos. Aunque imagino que en el fondo, debe ser parecido a cuando pintas, que a veces uno está tan saturado ya después de haber pasado tanto tiempo enfrente del lienzo, que necesitas que alguien te haga alguna observación para separarte un poco y observar el paisaje desde la distancia, sin afectación.

En mi caso el problema es que nunca me separé lo suficiente del cuadro y por eso nunca supe diferenciar lo bueno y lo malo que había en cómo actuaba mi madre. Para mí ella siempre fue divina, la única y la mejor. En mi memoria aún guardo las pocas peleas que tuve de pequeño en el colegio, que siempre e indefectiblemente tuvieron la misma causa: En mis tiempos cuando alguien quería ofenderte te insultaba abiertamente, porque aún no existían métodos tan sofisticados como el internet y todos sabían que las agresiones físicas tenían consecuencias graves que era mejor evitar. Así que la palabra era la única forma que quedaba de agredir. No era yo un alumno dado a los conflictos, más bien me recuerdo como alguien alegre, pacífico y trabajador pero esa forma de ser tan cordial y “modélica” según algunos profesores levantaba inevitablemente  las envidias de otros compañeros; así es que a veces, solo a veces, fruto de esas envidias, me acuerdo que fui objeto de insultos por parte de los “peores de la clase”, cuando me negaba a prestarles los apuntes en víspera de exámenes; impotentes al ver que no me dejaba soliviantar por unas cuantas palabras malsonantes, sí que hubo una vez en que, tras hacer caso omiso de todos los improperios que me decía uno, estallé para mi sorpresa instintivamente cuando me llamó hijo de puta abalanzándome sobre él con toda mi rabia. No recuerdo cuáles fueron las consecuencias pero sí que guardo mi satisfacción de haber dado su merecido a aquel desgraciado. Es curioso: ni su nombre ni su cara me vienen ahora a la memoria; solamente la sensación… ¡Parece mentira cómo se advierte en estos automatismos la reciprocidad de un hijo hacia el amor de su madre!

Y a esto es a lo que voy cuando me refiero a lo erróneo de haber acuñado un “día de la madre”, como si de una mártir se tratase que hubiera que santificar, que soporta carros y carretas sin inmutarse lo más mínimo, sin objetar lo más mínimo. Lo que importa no es la madre prototípica e idealizada que se ha convertido en arquetipo social de la bondad sino la relación que, cada uno, hayamos tenido con la nuestra, que no tiene por qué ser ni siquiera cercana a la que nos venden con frases estereotipadas del estilo “madre no hay más que una” o “amor de madre”.  Porque por muy santa que sea una madre, también ellas tienen derecho a ser malas, a pensar en ellas mismas y ser egoístas y a no estar siempre pendiente de los demás para que lo estén más de ellas, de lo que quieren y desean, o de aquello que les falta por haberse entregado, tal vez en demasía, a los demás, prescindiendo incluso de sus anhelos para satisfacer los de otros.

 

Así es que desde aquí me niego a celebrar el día de la madre, como si de una ceremonia de pontificación se tratase en la que encumbrar a la madre como objeto. Porque tampoco todas las madres saben hacer lo mejor para sus hijos, por mucho que lo hagan lo mejor que puedan y sepan. A veces, de hecho, también una madre terriblemente buena puede resultar “terriblemente mala”. Pero, sobre todo, me niego a entender la maternidad como la máxima realización de una mujer, y por eso, ruego a todas las madres, empezando por la mía, para que no se preocupen de si lo han hecho bien o mal; preocúpense menos por los demás y no se olviden de sí mismas, tengan sus proyectos de vida, independientemente de los de su familia y sobre todo, no se decepcionen si, como a veces ocurre, los hijos no satisfacemos vuestros deseos incumplidos. Porque mamá: “Yo soy yo y tus sueños sueños son”.

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Comentarios: 1
  • #1

    Graciela (lunes, 08 mayo 2017 00:26)

    Viva la pluralidad de opiniones en este centro y la autenticidad de mis compañeros!