LOS COLORES DE LA VOZ

“No tengo trabajo. Llevo 6 años en paro. Antes era un jodido autónomo y me quedé sin nada. Me divorcié y ahora me veo obligado a tener que pedirles una ayuda. Lo que buenamente puedan. Que pasen una buena tarde. Les agradezco mucho su atención. Thank you for everybody.”

 

Esto es lo que decía en el metro un hombre pobre con barba, que bien podía parecer la de Noé, el del arca que llevaba animales de todas las especies para que no se extinguieran durante el diluvio.

Lo que más me llamó la atención no fue su lenguaje, sino el tono de su voz, grave, muy, muy profunda, de una solidez que no encajaba del todo con su discurso. Si hubiera sido director de un programa de radio, sin dudarlo le hubiera hecho un contrato a aquel pobre hombre.

 

Llevo unos meses saciando una vieja inquietud: educar mi sentido de la voz. ¿Es la voz un sentido? A ver… vista, oído, tacto, olfato, gusto. ¡Anda! Pues no. Será que no nos sirve para percibir el entorno y por eso no la han puesto. Pero sin duda la voz es una herramienta básica para relacionarnos.

 

En unas charlas sobre el lenguaje que escuché recientemente contaba la ponente que la palabra era lo que diferenciaba al ser humano de los animales, ya que es por ella por la que simbolizamos nuestras demandas. El recién nacido, sin embargo, no tiene aún adquirida la facultad del lenguaje y por eso se expresa con gemidos, llantos, sollozos o gritos apelando a sus instintos para satisfacer sus deseos. Se puede decir que el sonido no transformado en palabras es la parte más instintiva que tenemos que todavía tenemos en común con los animales no racionales.

 

Desarrollar y educar la voz es para todo profesor/a que se precie una preocupación básica. Por suerte, casualidades del destino, este año me encontré leyendo en uno de esos panfletillos gratuitos a los que no se les da importancia un artículo de Makiko Kitago, y me pareció tan sugerente lo que contaba que no pude por menos que apuntarme a un taller de voz que iniciaba para aprender a usarla.

 

No voy a describir los pormenores porque sería un atrevimiento mayor que intentar explicar la música de Sigur Ros o de Alva Noto. Sin embargo sí que puedo a mis compañeros transmitir algún ejemplo de lo que he ido descubriendo hasta ahora en las clases. Imagino que, el que más o el que menos, alguna vez habrá sufrido afonía debido al esfuerzo de tener que alzar la voz para que te oigan todo el alumnado. En un mundo ideal en el que las clases se desarrollaran en absoluto silencio, esto no ocurriría. Aunque también hay que decir que entonces sería todo mucho más aburrido. Pues bien, al parecer, para evitar problemas de garganta, debemos aprender a no utilizar solo las cuerdas vocales para subir el volumen, sino buscar otras partes del cuerpo (estómago, nariz, boca, cráneo…) para crear resonancia y llenar el sonido de armónicos que confieran mayor potencia.

 

¡Ojo! No confundir esto con chillar, que es lo que habitualmente entendemos por hablar con mayor volumen. Ha de tenerse en cuenta, especialmente las mujeres, que la emotividad tiende a hacer trabajar más las cuerdas vocales, haciendo elevarse el lugar donde se genera el sonido, hasta producirse en su totalidad por la vibración de las cuerdas vocales, con el consiguiente tono más agudo y crispante. Un ejemplo de esto se puede ver en el protagonista de la escabrosa “El tambor de hojalata” de Volker Schlöndorf.

Tradicionalmente se han venido asociando las tonalidades graves con rasgos más “masculinos” y las agudas con rasgos “femeninos”, considerándose que las masculinas dan mayor sensación de autoridad o firmeza y las segundas más dulzura y sensibilidad. Existen incluso teorías que asocian la desaparición con cuadros patológicos, como en el caso de la disfonía histérica.

También en este aspecto la sociedad está muy masculinizada. La relación entre voz, género y poder ha sido ampliamente estudiada, si bien no está demasiado popularizado el abanico de connotaciones que se le atribuye. Pueden leer más al respecto en este interesante artículo de Teresa Villaverde donde se habla de cómo también a través de la “castración” de la voz natural se puede ejercer la violencia de género.

El control de la voz es, acaso, uno de los más sutiles que podemos practicar para llegar a ser conscientes de nuestro cuerpo. Justamente la voz es el recurso que más empleamos para “tocar” a los demás; y precisamente para un gremio como el del profesorado en el que el contacto con el alumnado se ha convertido desgraciadamente en algo peligroso, saber controlarla resulta primordial.

 

Los colores de la voz se pueden modular y trabajar para producir una amplia gama; no solo eso, sino que mediante su ejercicio se pueden incentivar variadas y creativas combinaciones, como las que realiza David Eskenazy (de visita obligada). A la inversa, los hay quienes se empeñan en extender el mismo ritmo a todas las situaciones, como hace aquí Jon Sudano al encajar de manera admirable en un amplio repertorio de canciones la letra de una canción de Smashmouth. La voz se puede, como el color, difuminar o empastar, teniendo incluso más matices que una pintura si multiplicamos sus posibilidades por lo variopinto de cada lengua (vean si no aquí las diferentes versiones de “La sirenita” en función del idioma en que se cante).

 

De todas formas, no hace falta tampoco cambiar de idioma para darle cromatismo a la voz. Ya se encargan de ello los sentimientos. Mismamente cuando nos gusta alguien, sin saberlo, cambiamos la voz. En la cadencia de la voz se puede percibir si hay alegría, ira, inseguridad o asertividad. No es lo mismo cuando se alarga el sonido de las letras de forma vacilante al decir “¿me quieres?” que cuando se acortan las palabras de forma contundente, por ejemplo, en un “te-he-dicho-que-no”. Los niños son especialmente sensibles al tono de voz; por eso no se recomienda gritarles para educarles  aunque a veces son tan insistentes que, la verdad, cuesta aguantarse…

 

Nacemos de manera innata con un timbre de voz concreto pero también es cierto que influyen mucho los medios de comunicación a la hora de educarnos en la querencia o rechazo de ciertos timbres o tonos de voz. Incluso por efecto de la evolución natural y la adolescencia ésta nos puede llegar a cambiar.

 

¿Quién no ha visto algún anuncio o serie y ha pensado perplejo “anda, mira, si es la voz de Bruce Willis“ o se ha sorprendido al escuchar en directo la voz de un famoso o un juez que nunca habla y sale, de repente, haciendo una entrevista con una tesitura que no esperábamos? La biología, evidentemente, nos dota de una constitución determinada, pero como todo en la vida es alterable hasta cierto punto.  Un truco muy sencillo puede ser incrementar la cantidad de aire en la voz: ello permite modular la voz haciéndola más o menos suave en función de si se aporta más o menos cantidad de aire. Vean si no cómo lo hace Mariah Carey.

 

Para los que hablamos bajito “de fábrica” nos puede ayudar el dirigir el “chorro de voz” con la posición del cuerpo y proyectar así la voz. Especialmente para los profes cuidar que el volumen es el correcto favorece mucho la transmisión del mensaje y nos aporta mucha más confiabilidad y claridad al mensaje. En cambio, si hablamos muy bajo, se puede asociar con falta de seguridad.

 

Una cosa de la que yo me doy cuenta en clase es que de vez en cuando me salen “gallos”, no sé si es por empatía con los adolescentes o porque no gestiono bien el aire. ¿Igual por las dos cosas? En cualquier caso, lo que sí veo claro es que el cambio de volumen, aún siendo algo que exalta mucho a la audiencia, funciona muy bien para atrapar la atención del alumnado. ¿Cuántos no se habrán asustado este año con mis sobresaltos? ¡Ay, profe, no me asustes! Nada como sentirse vivos y en alerta para estar atentos.

 

Hablando de sustos, me viene a la cabeza ese momento en las películas que antecede al instante en que la protagonista está a punto de estallar en un grito, esos silencios plagados de miedo agónico que presagian el terror. Aunque se pasa muy mal con el cojín apretado entre los brazos, debo reconocer que esos momentos encierran un halo de solemnidad. Algo similar habrán vivido muchos en los exámenes, donde suele reinar un silencio sepulcral que casi permite ver los pensamientos volando sobre las cabezas. ¡Qué tensión!

 

Pero también los espacios pueden provocar sensación de silencio e infinitud. No olvidaré nunca las termas de Peter Zumthor en Vals (Suiza). ¿Cómo puede un edificio transmitir tanta paz y silencio? No sé si serán los materiales o la simplicidad de sus formas lo que confiere un claro resquicio de espiritualidad a la materia. La experiencia de sumergirse en el agua caliente en un entorno gélido rodeado por la calma de las montañas de los Alpes no es fácil de olvidar.

 

Para terminar quiero mostrarles unas escenas de cómo se despierta la voz en este estudiante tartamudo al que le costaba hablar. Para él fue toda una conquista. Y como toda hazaña que se logra atravesando dificultades, la recompensa es siempre una gran satisfacción.

 

  

Y ahora me callo, para que puedan retomar ese cálido silencio. Que ustedes lo escuchen bien.

 

Shhhh…

 

  

Recomendaciones para escuchar:

 

Este dúo de Bobby MacFerrin improvisando con miembros del público en un concierto en Viena y el fundido de voces apasionadas de PJ Harvey y Nick Cave en Henry Lee.

 

 

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