LA EVANESCENTE RESISTENCIA PASIVA (del materialismo al misticismo)

Disculpen la recurrencia de mi presencia, pero estaba viendo este vídeo y no he podido remediar acordarme de la entrada que publiqué con el nombre de “sensibilidad y convivencia”. La imagen del humo en el aire me ha evocado su recuerdo… Es curioso que existan imágenes tan poderosas: la evanescencia del humo levitando de “L.A. Confidential”, la de una bolsa dejándose arrastrar por el viento en “American Beauty,” las vías del tren en “Europa”… pequeños haikus audiovisuales que te crean una atmósfera especial, como una especie de ensimismamiento, de estado intermedio entre el sueño y la vigilia, de estado alfa… más cine, por favor.

 

Hoy estoy “frugal” en mis apetencias.

 

¿Qué más hace falta en un día lluvioso que estar calentito en el sofá con la manta encima, tu musiquita de fondo y navegando en las frivolidades de la red? Youtube hipnotiza y no hay más que dejarse llevar por la nostalgia del recuerdo para volar al pasado, igual que el humo etéreo o el plástico deformándose cuan acordeón en el aire. ¡Y eso sin fumar! No, no hacen falta drogas para llegar al nirvana.

 

Volando, volando me acabo de acordar de que tenía cierto dinerillo escondido. No lo guardo en ningún departamento secreto, ni debajo del ladrillo. Ya se sabe que la mejor forma de perder dinero es dejar que se devalúe. El IPC no perdona… Llevamos una buena racha, no sé si lo saben. Parece que la economía se está recuperando. Desconfío y mucho de estas noticias pero con-vivimos en un planeta y no podemos obviar los acontecimientos que ocurren ya tengan éstos lugar en Alcorcón, en Bilbao o en Shangai; por más que queramos declararnos apolíticos o nihilistas, no podemos renegar de la política o las ideologías, lo mismo que no podemos prescindir de nuestra corporeidad: ocupamos un espacio y un tiempo en un lugar en el mundo.

 

Discutía el otro día con un compañero en la sala de profesores si sería posible desligar la componente económica de las decisiones sociales para cambiar las costumbres carnívoras de los humanos por otras vegetarianas. Yo estaba empeñado en que no y él en el uso de la hipótesis – “pero, y si… “ –.  No había manera de llegar a un punto en común. ¿Se pueden dar de la mano la realidad y la utopía? ¿Es factible pensar en una sociedad donde el dinero no ejerza poder?

 

Hubo un tiempo en que miraba los países no como territorios sino como mercados. Buscaba nichos de inversión, diamantes sin descubrir, apuestas que me permitieran multiplicar mis ganancias. Nunca quise entrar en “derivados”; me daban miedo y no me gusta tener esa sensación de no-control. Pero aún sin warrants era posible encontrar formas de ganar dinero sin trabajar (¡menudo sueño!): el precio del barril, el tipo de cambio, los mercados emergentes, el sector energético, ¡¡el del arte!!... todo era cuestión de estar informado y saber dónde, cuándo y cómo hincar el diente al pastel de la economía mundial. Era maravilloso ver multiplicarse el patrimonio con cifras de dos dígitos. Todos estábamos contentos.

 

Probablemente como producto de esa afición, acabé creándome una cierta tendencia inconsciente hacia la avaricia. No creo que fuera mal intencionada; sencillamente era el mundo que me rodeaba. ¿Qué iba a hacer? ¿Aislarme? ¿Vivir en una burbuja? No. Acababa de terminar la carrera y hubiera sido tonto si hubiera dejado pasar las oportunidades que se me brindaban que, afortunadamente (no como ahora) eran muchas. Así que decidí con unos cuantos amigos “montarnos por nuestra cuenta” y meternos de lleno en el mundo inmobiliario. Podría decirse que disfrutamos de un tiempo de vacas gordas: mucho trabajo, proyectos, reformas, concursos, peritaciones y valoraciones, diseños más artísticos o más utilitaristas. Lo hacíamos todo.

 

Llegó un punto en que no dábamos más de sí; y tuvimos que decidir si contratar o renunciar al trabajo. Por supuesto contratamos. ¿Cómo íbamos a desaprovechar el tirón?. Tras varias experiencias con becarios, aparejadores y administrativos nos dimos cuenta de la importancia de tener una filosofía de empresa, pues empezábamos a acusar cierto desgaste psicológico. Gracias al catalizador de alguna amistad perdida decidimos replantearnos nuestra situación: filtramos a los clientes, descartamos los menos agradecidos y nos quedamos con quienes más valoraran (y pagaban) nuestro esfuerzo. No hay nada para un artista como sentir el agradecimiento de su público. Fue así como continuamos una nueva etapa mucho más estable, aunque menos productiva. Al menos ya no hacíamos las cosas con prisas, las intentábamos hacer bien, con calidad, a sabiendas de que cuando algo se hace bien, la recompensa, al final llega. No hay mejor beneficio que el orgullo de sentir que haces algo como Dios manda (y lo dice un agnóstico).

 

Desgraciadamente llegó la crisis; no nos pilló de improviso. Personalmente la predije en un informe escrito que presenté a la empresa de tasaciones para la que trabajábamos para darnos un sustento base. En toda empresa que se precie es preciso disponer de un flujo de trabajo más o menos estable que garantice un sueldo mínimo a sus empleados. Tener unos pocos trabajos que no requirieran invertir mucho tiempo y  que reportaran buenos beneficios se nos antojaba necesario para poder dedicarnos a hacer aquellos proyectos que nos gustaban de verdad. Para nosotros esos trabajos fueron las peritaciones, que paradójicamente se incrementaban más y más conforme se iba aproximando la temida crisis. En plena fiebre del boom inmobiliario, todos los dueños de bienes querían saber cuánto valían sus bienes, cosa, por otra parte, imposible de garantizar, pues cuánto más quería “el pueblo” invertir, más se revalorizaban debido a la demanda del mercado.

La crisis no era difícil de prever si preguntabas con un poco de atención a la gente: por entonces comenzaban a proliferar las rehipotecas, las hipotecas multidivisa, las daciones en pago, las valoraciones para subasta (…). Era lógico que se agotara “el rally”. Había que descansar por pura salud de los mercados. En economía no puede existir, como en física, el movimiento perpetuo. Sería antinatural.

 

Como no podía ser menos, también a nosotros nos afectó la bajada de “proyectos”. Tuvimos que recortar gastos, aceptar trabajos que ya no nos gustaban tanto; comenzó la etapa de la “prostitución” laboral; los Ayuntamientos comenzaron a intentar sacar dinero de donde no había; llegó la época de las inspecciones técnicas, los certificados energéticos, las licencias de actividades exhaustivas y se incrementaron las reformas en detrimento de la obra nueva, las ampliaciones, las modificaciones de proyecto y de obras, las legalizaciones. Trabajos con presupuestos demasiados ajustados, dictámenes de daños, reclamaciones periciales. Había que “extrujar” la gallina de los huevos de oro hasta la última gota.

 

Ya por entonces había comenzado a dar clases, más por necesidad que por devoción. Recuperé el hábito de las clases particulares que tanto me había ayudado en la Universidad a tener mi dinerillo para los fines de semana y, curiosamente, me di cuenta de que disfrutaba más con mis alumnos que con mi trabajo en el estudio. Digo alumnos porque salvo una abogada en la Moraleja a la que daba clases de conversación de inglés todo eran hombres o niños.

 

Poco a poco, el contacto con jóvenes y adultos deseosos de aprender me fue moldeando la personalidad. Me dejé arrastrar por ese sempiterno estudiante escondido en mi niño interior y tomé contacto con mis años de aprendiz. Pensar como un estudiante ayuda mucho para dar clase y permite mantenerse joven :D. Pienso, de hecho, que envejecí mucho más en mis diez años de vida laboral como ingeniero de obras y proyectos que en diez años de docente. Obviamente hay campos comunes que ambos te permiten desarrollar pero hay una diferencia clara de la cual es difícil abstraerse: en una obra los presupuestos son componente fundamental y constitutiva del trabajo, mientras que en la docencia es el ser humano y las relaciones de enseñanza-aprendizaje la raíz de la comunicación. Este aparentemente inocuo factor - el dinero- se convierte en dominador cuando se multiplica y termina por desencadenar un elemento motivador demasiado poderoso, contra el que es muy difícil de luchar.

 

Es por eso que no quiero saber nada de las “altas esferas”, de la gestión administrativa ni de las Instituciones, porque a poco que mete uno el hocico cuesta mucho no olisquear cierto tufillo sospechoso a ambición de poder y codicia. Hay que ser muy íntegro para mantenerse al margen. Aún recuerdo a aquel director de banco que me confesaba su truco para no “contaminar” a su recién nacido bebé. Me decía abriendo los ojos y ralentizando el tono de voz, más bajo que de costumbre: “Mira, yo cada día, en cuanto llego a casa, lo primero que hago es lavarme las manos para que mi niño no perciba la suciedad del dinero”. Y así, entre risas y cervezas definía su relación con el dinero: “tocarlo, mancharse y lavarse”. No me arrepiento de haber caído en las garras del materialismo; si no fuera por él no podría ahora dedicarme a tareas más reconfortantes y contemplativas. Nos ganábamos de esa manera el pan de cada día… y no podíamos hacer otra cosa, hacíamos lo que mejor sabíamos: contribuir a crear la idolatrada gallina de los huevos de oro. Sin nosotros jamás hubiera podido Aznar decir eso de “España va bien”.

 

Una de mis grandes decepciones en aquel hobby que comencé a desarrollar cuando no sabía qué hacer con el dinero fue descubrir que los fondos de inversión que yo tenía por más interesantes, aquellos que claramente sabían interpretar mejor la incertidumbre de los mercados y que daban mejor rédito, tenían un porcentaje destinado a apalancamiento. Me pareció poco ético, además de arriesgado. Y conforme fui dedicando más tiempo a dar clase, más me repugnaba la especulación que hacían ciertas sociedades de inversión. Descubrí en el análisis fundamental un resquicio de honradez para poder sacar provecho a mis ahorros y comencé a confiar en Bestinver. (¡¡qué difícil se hace confiar cuando se trata de dinero!!).

 

Por entonces estaba un tal Paramós, aún no muy popular, aunque luego empezara la prensa económica a darle mucho bombo a su estrategia de inversión. Me gustaba mucho la política de sus gestores. Esto de visitar las empresas, conocer su funcionamiento, la política de la compañía, el trato con los clientes, con los empleados, la satisfacción de los participantes en el proceso de producción, la remuneración por su trabajo, las reinversiones y los… ¿cuál era el nombre técnico que daban a los premios por productividad? Se me olvida ya la terminología… ¿rappel? Uff, la edad causa estragos en mi memoria…

 

Si yo tuviera que dirigir una empresa creo que haría algo así; pero no, no nos engañemos, no estoy yo hecho para ejercer funciones de líder, no quiero ponerme en esa tesitura. Además me costaría ser políticamente correcto.

En todo caso la política de conocer cada rincón de tu empresa y a cada uno de sus empleados pienso que debería funcionar: mismamente en un colegio, como director de un centro escolar, ¿qué mejor forma de controlar la enseñanza que se imparte que estudiar y analizar exhaustivamente con cada interviniente que quiera formar parte del centro? Así lo haría yo si fuera director: me sentaría en mi despacho con cada alumno/a, padre/madre o profesor/a que quisiera formar parte de la comunidad educativa y hablaría largo y tendido sobre sus motivaciones, sin mucha seriedad, en plan distendido. Y luego elegiría, no por currículum sino por la impresión que me diera la persona. Así lo hacen en los centros privados, así “seleccionan”. Si tuviera que invertir mi tiempo en gestionar recursos humanos no apostaría por otra manera por el éxito de mi empresa. Imagínense hacer esto en un centro público; sería de lo más polémico. ¡¡Menudo clasismo!! Pues sí, así lo haría yo, con todos y todas, desde Secretaría y Jefatura de Estudios hasta Conserjería y el servicio de limpieza. Sin dejarme ni un solo departamento. Y estoy seguro de que funcionaría, yo creo que sí funcionaría. ¡¡Qué fácil es opinar desde la ignorancia!! Disculpas a mi querido director por el atrevimiento de este párrafo :P. No es ninguna crítica, solo un ejercicio de imaginación L

 

Volviendo a mi relato... que me voy por los cerros de Úbeda. Cuando dejé la arquitectura lo cierto es que  me costó renunciar a una historia laboral tan intensa como la que había tenido en años anteriores, pero al final, tomé la determinación y me fui. Lo dejé todo para dedicarme a la enseñanza. Aunque a muchos seres queridos les costó aceptarlo, yo creo que fue una decisión acertada. Escoger dedicarse a la educación puede que redunde en una vida más sencilla, pero personalmente adoro la cercanía con la que ahora vivo las cosas. No suelo hacer alusión a mis estudios entre el alumnado porque muchos no entienden que haya decidido ser profesor en lugar de construir casas, museos u hoteles. Sin embargo, yo veo claro que ayudar a que ellos mismos se autoconstruyan tiene mucha más complejidad y se está mejor remunerado que cualquier nómina, por cuantiosa que sea. En realidad creo que hay mucho más valor en la honestidad de un humilde docente que en la pomposidad de un exitoso diseñador de edificio, al que le pagan más por el prestigio de su obra que por el esfuerzo dedicado.  Sin embargo, esto de  la humildad es un valor cada vez más devaluado, por mucho que – como decía Unamuno - para poder aprender, ayude más ser humilde que ser arrogante.

 

Con el tiempo me he dado cuenta de lo peligroso que es mirar solo la parte práctica de las cosas; preocuparse del éxito laboral puede conducir a olvidar la parte más esencial de la persona, aquella que nos constituye como seres humanos. Como no quiero caer en maniqueas repeticiones, me limitaré a referenciarles a este link que un buen compañero y excelente persona, me regaló este año. ¡¡No pueden ustedes imaginarse qué contento estoy este año de formar parte de un claustro de profesores tan culto y bien avenido!!

 

Igual por eso de compensar la balanza y equilibrar el karma me mudé al extremo opuesto y me fui apegando más y más a tareas sociales, y más concretamente a la educación, primero informal y luego formal (la educación informal difícilmente da hoy día para vivir, desafortunadamente). Vaya por delante mi admiración a todos los trabajadores y educadores sociales, animadores socioculturales, fundaciones sin ánimo de lucro, porque realmente es una lucha la que tienen que liderar para salir adelante sin apenas notoriedad.

 

Los años de trabajo con adolescentes y, sobre todo, los múltiples cambios de centro a los que me he visto obligado por mi condición de trabajador temporal (hasta 8 centros recuerdo haber integrado) me han podido dar muchas y múltiples perspectivas de un mundo – el de la educación - que, sin duda, se me antoja revolucionario.

Por eso mismo, porque he vivido en mis carnes la perversión de la dictadura inmobiliaria y lo peligroso del afán materialista del capitalismo es por lo que veo urgente contrarrestar el peso de unas influencias externas excesivamente basadas en el consumismo con una visión mucho más holística, espiritual y desvinculada de lo pragmático, en pos no de una colocación laboral triunfante, sino de un saberse encontrar en el mundo.

 

En este año, como en todos, claro, me han dicho muchas cosas. Uno está expuesto a la crítica. En cierto modo los profesores somos, también, personajes públicos. Pero hay una cosa que me ha marcado especialmente por lo reiteradamente que lo he escuchado en mi historia personal: “que soy buena persona”.

Me da miedo oírlo, porque pienso necesariamente en las posibles repercusiones negativas: que me puedan engañar, que me tomen el pelo, que me utilicen, me manipulen, etc. Pero de siempre, el mayor de los miedos cuando pienso que soy un profesor que además es buena persona, es el de no ser capaz de transmitirles las herramientas suficientes para que puedan desenvolverse el día de mañana en un mundo a veces hostil.

 

Para curarme de este temor, intento conocer a los alumnos, ayudarles a entenderse, a darse cuenta de cómo son, cómo funcionan, reaccionan, se motivan o se desmotivan. Porque no es porque lo dijeran los griegos pero es que, en verdad, lo fundamental para estar contento con tu vida es conocerte a ti mismo.

 

Y acaso por ser como soy, tan negativo conmigo mismo, es por lo que me interesa conocer mis puntos débiles, mis mecanismos de defensa – como decía Freud -, mis vulnerabilidades. Las mías y las de otros. No tanto por establecer categorías como pueda hacerse, a lo mejor, con el eneagrama sino porque sé que en la medida en que conozcamos mejor al prójimo y a uno mismo, seremos más capaces de comprendernos entre nosotros. Es necesario mirar detrás de las máscaras de la personalidad para ver lo que se esconde detrás de las conductas, de los roles, de las reacciones de rabia, de insurgencia, de miedo al fracaso, a no ser nadie, a ser mediocre, transparente, problemático, tonto o nervioso. Y creo, sinceramente, que es de ahí justamente de donde radica tal profusión de cursos y talleres

de desarrollo personal como hay hoy en día: porque la gente necesita conocerse, saber quiénes son, qué buscan, y porqué. Ya que a menudo, después de tantos años de estudio, tanto trabajar y dedicar tantas horas a nuestras familias, todavía no sabemos dar contestación a esta pregunta… o hemos olvidado las respuestas. Y necesitamos alguien que nos ayude a recordar.

 

Por eso recomiendo realizar un trabajo paralelo, si es que no lo podemos desarrollar con nuestro trabajo diario, para hallar respuesta a esas preguntas vitales.  Porque así adquiriremos fuerzas para saber también qué mundo queremos construir y contra qué queremos luchar; podrá ser para unos el capitalismo y los bancos, para otros la mentira y la corrupción, los privilegios y la monarquía, la independencia y el Estatut, las élites y la explotación, la manipulación y el control… da igual lo que cada uno quiera, pero seguro que para lograr aquello que cada cual se proponga es necesario tener claro quién es, saber qué quiere y tener determinación para conseguirlo.

 

 

Véanlo si no en los ojos de Leonard Cohen, que ni condenándolo a 20 años de aburrimiento dejó de luchar. A él le dedico esta entrada, por su perseverancia en la búsqueda del sentido de la vida, su aceptación de la fatalidad y la libertad de pensamiento de la que hizo gala hasta el final de sus días. Gracias, Leo, por guiarnos al mundo entero hacia la unidad y la espiritualidad.

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