ARTETERAPIA

Comienzo a tener una intuición de lo que expresaba Fernando Fernán Gómez en sus últimos años de vida. Recuerdo haberle oído decir en un documental que le hizo David Trueba que ya, hacía tiempo, había asumido que no sería capaz de poder leer, antes de morirse, todos los libros que inundaban su biblioteca.

Esa misma sensación me invade cuando veo que apenas quedan ya 5 meses para final de curso y queda tanto trabajo por hacer, no ya desde el punto de vista de contenidos de una asignatura (que también) sino, sobre todo, sobre el punto de vista educativo. “Expertos” de la enseñanza acuñaron el término de “aprendizaje a lo largo de la vida” para hablar de esa capacidad que tiene el ser humano de aprender a partir de la experiencia no solo durante el tiempo que se va a la escuela o a la universidad, sino también durante la etapa laboral, o hasta de jubilado. Siempre se puede aprender.

Mi situación, sin embargo, sin olvidar que uno, también está continuamente aprendiendo, se basa – y por eso me pagan  – en enseñar. Dirán muchos entendidos: “No, Paco, no estás al día. Lo último en educación es el modelo de enseñanza-aprendizaje”. Sí, lo sé, pero puestos a escribir un blog, y habida cuenta de quiénes son los lectores del mismo, lo que más se me viene a la cabeza no es “qué puedo yo aprender” sino “qué puedo yo enseñar”, ¿cuál ese aspecto novedoso, desconocido para mis lectores que puedo yo aportar para que lo que leen les resulte interesante?

 

Cada vez que me siento a escribir para esta columna hago verdaderos esfuerzos por no caer en la tentación de contar anécdotas que me ocurren en mi día a día. No me gustaría hacer de esta página un lugar de difusión de historias personales. Creo que ello iría en contra de preservar un espacio que para mí es sagrado (como es el de la clase) y perjudicaría, además, la confianza y la intimidad necesarias para que un alumno/a se desarrolle sintiéndose seguro y protegido.

Este blog, por tanto, no es solo un cúmulo de ocurrencias gratuitamente lanzadas al espacio cibernético; como todo acto ligado a la enseñanza tiene un contenido ideológico. Esto, lo de que la educación y las ideologías van de la mano, lo aprendí de Elisa, mi profesora en la Escuela de Idiomas con la que estreché una bonita amistad y que, aún hoy, aunque hablemos ya más por Whatsapp que de cara a cara, sigo apreciando como el primer día. Gracias, Elisa, por sacarme de mi ignorancia al pensar que la educación podía y debía mantenerse neutra en lo que a las ideologías se refiere.

 

Centrados en este encuadre, toca ahora plantear “el contenido” de la entrada. Aquí es, como digo, donde se me dispersa el pensamiento, más que nada por la acumulación de temas que me vienen a la mente. Temas necesarios - diría yo - im-pres-cin-di-bles, que me gustaría transmitir al mundo entero pero, sobre todo, a todos los padres/madres de mis alumnos/as, para que entendieran ciertas cosas que, sin duda, podrían ayudarles. Aunque en el fondo escribo - como decía Leonard Cohen – no por los que me leen, sino por mí; por salvar el vacío que me separa del “otro”, por sacar eso que llevo dentro y que por-ne-ce-si-dad uno debe sacar, por pura salud (mental).

Así es que voy a dejar de lado a Primo Levy, a Pierre Bourdeaux o a Francisco Peñarrubia y les hablaré de algo que creo les puede interesar más: ¿cómo puede ayudar la Plástica a su hijo/a si de siempre – como dicen muchas madres con las que he hablado – ha sido un negado/a para el dibujo?

 

Como ustedes sabrán la Educación Plástica y Visual (ahora también Audiovisual) es una de las asignaturas que más ha sufrido en los últimos años los “recortes” a tenor de las modificaciones propuestas en la LOMCE.

No es que haya pillado de improviso, pues ya se apreciaba cierto desinterés por una asignatura que, aparentemente, no tenía ninguna finalidad práctica más allá de “aprender a pintar”. Bueno, corrijo, tal vez pudiera también servir para que el alumnado tomara un respiro y se divirtiese un poco entre asignaturas que exigían un mayor esfuerzo (en mi caso, por ejemplo, eran el Latín y la Química).

Aún con todo y sin haberse extinguido la Plástica (aunque todo “se andará”, ya se verá) una gran mayoría de familias parecen recibir con cierto agrado que sus hijos o hijas “pinten”. Claro, imagínense si ese momento de descanso que pueden encontrar en una asignatura tradicionalmente relajada y fácil se torna en un momento de conflicto y confrontación. ¿Cómo llegará un alumno o una alumna a casa si tiene 6 horas de trabajo en clase y ninguna de ellas le permite “desahogarse”? El colmo ya, como tenga una hora adicional los lunes o martes, para qué les voy a contar…

  

Por hablar de generalidades y no de casos concretos, me gustaría hoy aludir a algo común a todas las clases de Plástica este año: el trasfondo arteterapéutico que hay detrás de las actividades. La arteterapia, instaurada en países del norte y centro de Europa, aunque aún no reconocida en España, es algo que ha demostrado ser sumamente efectivo en el trabajo con muchos niños y adolescentes; puedo, además, dar fe de que funciona porque lo he vivido, experimentado y he visto que los resultados AL FINAL son buenos. Enfatizo ese al final porque soy muy consciente de que cuando se abre una herida es conveniente suturarla y cuidar de que, una vez marchado el médico, no vuelva a abrirse o empeorar. Pero esto solo puede saberse cuando ha acabado la operación. Imagínese usted que a mitad de una operación entrase el familiar al quirófano y le dijese al médico: “¡Pero oiga! Mire usted lo que ha hecho, ¿es que no sabe usted operar o qué?” Le diría el médico y con toda la razón: “Perdone, pero es que si no abro no puedo operar; espere usted a que acabe y luego me cuenta, si le parece.”

 

Voy, en todo caso, hoy, a contar (todo lo breve que pueda) una parte de los intríngulis de mi operación particular, aunque solo sea por tranquilizar a esas familias algo inquietas que se preocupan más de la cuenta y ponen en entredicho cómo opera el doctor, después de haber ingresado al paciente en el quirófano.  ¡Ay! Esa confianza

 

Me van a permitir, para ello, que les explique cómo puede beneficiar al desarrollo evolutivo de su hijo/a algunos de los trabajos que han venido haciendo hasta ahora en Plástica.

Como habrán podido ver, uno de los trabajos donde más énfasis se puso y que además mayor peso tenía en la última evaluación, precisamente para premiar el esfuerzo y dedicación puestas en él fue el cómic.

Más allá del grafismo y los recursos empleados en cuanto a encuadre, tamaño de viñetas, color, delineación, uso de personajes, historia, etc., se buscaba incentivar al alumnado a explorar su mundo imaginario, sus arquetipos, sus motores vitales, sus ansias, obsesiones e inquietudes. Quitando la limitación de dibujar una escena ligada al huerto a escolar y la inclusión de cinco objetos físicos concretos, la temática era libre, precisamente para fomentar la creatividad.

Desde mi experiencia docente tengo comprobado que, en general, ayuda (y mucho) expresar gráficamente en una hoja en blanco las imágenes mentales. Materializar el pensamiento, ya sea en palabras o en dibujos es un magnífico ejercicio para conocerse a sí mismo, especialmente cuando uno no pone censura al pensamiento. Esto no es que yo me lo invente, ya lo decía Freud a principio del S. XX y fue en base a lo cual elaboró su método de “asociación libre”. No sé si habrá algún psicólogo/a entre los lectores, que tal vez pudiera arrojar más luz sobre este tema, porque puede parecer pedante si comienzo yo a hablar de ello; lo cuento, sin embargo, porque es parte del fundamento de lo que viene a continuación.

El caso y para continuar con las actividades de Plástica, es que sus hijos/as han podido realizar en esta segunda evaluación una figura de plastilina para trabajar el volumen y las tres dimensiones. Podía haberse escogido trabajar con figuras geométricas pero, dado que es parte del temario común con tecnología, para no repetir contenidos, preferí aprovechar el gran interés que demostraron todos en el cómic y sacarle más “rendimiento”. Además, cansados como estaban de contenidos de dibujo lineal creo que les ha venido muy bien cambiar un poco el chip hacia una modalidad de trabajo más artística (y más lúdica).

Sin embargo, otra vez les voy a pedir que miren “un poco más allá”. Y, donde ven, a primera vista, una graciosa figura de plastilina, vean, por favor, la forma física de un sueño de una personita hecho realidad.

 

¿Qué hacía usted cuando su hijo/a de 3 o 4 años tenía miedo de quedarse a oscuras? ¿Cómo evitaba que se aterrorizara del monstruo escondido en el armario o debajo de la cama? No sé ustedes, pero mi madre, para hacerme ver que no había por qué temer nada, me abría el armario o, juntos, mirábamos debajo de la cama para comprobar que no había nada. Recuerdo incluso aquel perro azul de peluche que me trajeron un año los reyes para protegerme de todos los peligros y pesadillas que me acechaban por la noche y del que, por cierto, me costó más tarde desprenderme.

 

Pues algo así se pretende que hagan sus hijos/as con la figura de plastilina: que le den forma a sus obsesiones, a sus miedos, a sus ilusiones, a sus emociones, a cualquier tipo de pulsión vital que alberguen en su interior.

Por eso, cuando algunos me preguntan si es “obligatorio” hacer un personaje del cómic, les digo que es “recomendable” pero que si no les inspiran sus personajes, obviamente, pueden escoger otros. Aunque de lo que se trata, en el fondo, es de que trabajen aquellas figuras que ya han proyectado previamente sobre el papel, con las que conviene que se familiaricen porque han salido de ellos mismos y trabajar con ellas, les ayuda, además, a conocerse.

Obvio decir que aquel que hizo el cómic partiendo de imágenes prediseñadas o copiadas no podrá encontrar inspiración ninguna en sus personajes; al estar trabajando con elementos externos, fracasará en el propósito de conocerse a través de su personaje. No obstante, puede igualmente aprobar, solo que no se llevará la enseñanza personal que otros podrán sacar del mismo trabajo.

 

Me quedo con los que han hecho su trabajo honestamente, han elaborado el cómic y modelado una figura a su antojo conforme a uno de los personajes.

 

Lo siguiente que se pide es dibujarla, primero en perspectiva y luego sus vistas; exactamente igual que lo que puede hacerse con una figura geométrica solo que esta vez con un muñeco de plastilina, mucho más agradecido en cuanto al resultado, claro.

Nuevamente podemos quedarnos en valorar la belleza formal del resultado, la proporcionalidad y correspondencia con el modelo real, la pulcritud y jerarquización de los colores en función de cómo incide la luz, para plasmar en dos dimensiones a través de la tonalidad del color la diferente profundidad, textura o inclinación de las superficies.

Sin embargo me interesa que, sobre todo, los alumnos/as intenten hacer el esfuerzo de plasmar con la mayor exactitud posible el modelo real usando un simple lápiz y dibujando a mano alzada. Por eso hemos practicado antes con una esfera a carboncillo, para que aprendan a dar volumen mediante una escala de grises: lo mismo que ahora tendrán que aplicar con lápices de colores, solo que de una manera más “crítica”, analizando las formas de su figura e intentándola representar.

 

El reto reside precisamente en eso: intentar afrontar la propia (in)capacidad, aceptar que, a menudo, no sale la primera tentativa como a uno le gustaría, probablemente tampoco la segunda, ni tampoco la tercera. Seguramente, para aquel que tenga más vena de artista tampoco le valdrá una 10ª ni una 11ª prueba, porque el proceso de dar por finalizada una obra, depende, en realidad, del grado de aceptación que se tenga con uno mismo, del nivel de autoexigencia, de tolerancia a la frustración y de la capacidad de superación.

 

Éstas son las cosas que, en verdad, me gusta a mí trabajar en clase y que, por desgracia, no en todos los grupos se puede trabajar con la misma intensidad.

 

Me daba las gracias una madre esta semana por haberle explicado cómo su hijX gestionaba estas situaciones. Parece ser que sí había entendido cuán importante era aceptar que, si no se fijaba, el dibujo que podía realizar de su figura de plastilina no correspondía con la realidad de la misma y yo le alentaba a que olvidara la imagen idealizada que tenía en su mente, que la liberara de todos los condicionamientos de imágenes estereotipadas que pudiera haber visto en televisión, leído en libros o visto en revistas; para que intentara, libre de prejuicios, reproducir literalmente aquello que él había fabricado con sus propias manos, que tal vez estuviera lejano a lo que tenía en su imaginación, pero que era, al fin y al cabo SU obra, lo que podía hacer dentro de sus capacidades, aquello que era capaz de elaborar. Y a medida en que aceptaba que había una distancia entre su mundo imaginario y su intervención en el mundo real, e intentaba aproximar ambos mundos lo más posible, combatía esa cualidad de todo adolescente de idealizar la realidad, de polarizarlo todo en “está bien – está mal” y así, iba poniendo más los pies sobre la tierra, acortando el abismo entre lo que nuestra mente “fabrica” y lo que la realidad “nos pone delante”.

 

Porque los adolescentes, igual que los adultos, no se dejen engañar, no podemos evitar dejarnos llevar por lo que pensamos, deseamos y queremos. Y es útil, a veces, verificar, cuán cerca está la realidad física de nuestra realidad mental. ¿Acaso hay alguien a quien le coincidan ambas?

 

Podría contarles muchos otros pormenores de mi tarea docente, pero no estaría bien tampoco desvelar todos los secretos. Solo les pido que, si tienen cualquier duda o interés en conocer los detalles de un contexto lo pregunten antes de opinar; pero, sobre todo, hay algo fundamental en lo que se basa la relación profesor-alumno y es en la confianza. Y uno de los pilares sobre los que ésta se construye es en la confianza que usted, como padre o madre, demuestre tener en el profesorado. No somos perfectos pero sí les digo porque lo veo también en mis compañeros, que lo hacemos lo mejor que podemos.

 

 NOTA: esta entrada va dedicada especialmente a Elisa y a la madre que me inspiró para compartir esta historia y a Alberto, a quien le contesto con esta entrada un mail que teníamos pendiente. Gracias a los tres por ayudarme a creer en lo que hago y a buscar en las raíz de las cosas lo mejor que uno puede y sabe, aunque no siempre se sepa entender... A todos ellos y a mis lectores agradecidos les quiero regalar un link que es público en internet para que se sientan y comprendan mejor a sí mismos. Gracias por vuestro apoyo.

 

 

LA LEY DEL ESPEJO. Yoshinori Noguchi 

(reseña de la Casa del libro)

A partir de una historia sencilla y emotiva, Yoshinori Noguchi (Hiroshima, 1963), un reconocido experto en coaching y asesoramiento psicológico, nos sitúa delante de un espejo para enfrentarnos con nuestro interior que es, en definitiva, el que determina todo lo que nos sucede en la vida. 
Eiko está preocupada porque los niños del colegio maltratan a su hijo Yuta, y se siente totalmente impotente y sola ante un problema que no sabe cómo resolver. Hasta que su amigo Yaguchi le ofrece un método sorprendente que la hará vivir la situación más difícil de su vida: enfrentarse a sus fantasmas y seguir adelante con espíritu nuevo. 
A medio camino entre el coaching y las constelaciones familiares, La ley del espejo nos reencuentra con una filosofía oriental renovada y nos propone pautas claras y efectivas para resolver de raíz los problemas de la vida. 

la ley del espejo-yoshinori noguchi-9788493600686

 

Escribir comentario

Comentarios: 1
  • #1

    Ana de Pablo (viernes, 17 febrero 2017 02:24)

    Gracias por tus generosas reflexiones.