SENSIBILIDAD PARA CONVIVIR

Queda poco ya para el viaje a Francia. Uy, ¡qué nervios! Si a mí me hubiera pasado que con 13 años me hubieran dado la posibilidad de ir a un país extranjero, hubiera dado botes de alegría. Por eso me llama tanto la atención ver que hay alumnos que son reticentes o incluso se muestran escépticos ante la idea de “cruzar la frontera”.

 

Quisiera hoy explicar por qué creo que es bueno viajar para ampliar los referentes culturales:

 

Resulta que iba yo tranquilamente el otro día por la mañana a clase en metro y venían en el vagón dos jóvenes con “la música a todo trapo”. La gente los miraba perpleja y algo tímida pero más bien se escondían para evitar el contacto visual directo. Más allá de la molestia que pudiera ocasionar la infernal música que llevaran (me parezco cada día más a mi padre :D) destacaban la mala pinta de su vestimenta sucia y rota y la forma de hablar a voces un tanto pordioseras; intenté agudizar el oído por conocer en detalle más sobre el idioma de su “tribu” pero costaba mucho entenderles y las únicas frases entendibles eran las que repetían gritando cuando llegaba el estribillo de una canción que se parecía un poco al hip-hop de mis años. También en hip-hop las tendencias cambian y se quedan obsoletas, porque veo grandes diferencias entre las canciones de “7 notas, 7 colores” que hace 6 años escuchaban mis alumnos y el hip-hop que ahora está “in”.

Sea como fuere, mi asombro alcanzó cotas máximas cuando, sin ningún pudor, uno de aquellos extraños aprendices de cantante se puso, en mitad del vagón, a fumarse con total parsimonia un peta (así lo llaman, según creo).

Pensé: “bueno, tendrán necesidad de darles una calada” – a veces hay deseos que no se pueden refrenar…  –. Pero no, aquello seguía y seguía y cada vez la humareda se hacía más y más grande y el ambiente se iba enturbiando como el de esas películas de gángsters en las que los personajes hablan en penumbra entre una nube de humo, con cierto halo de misterio.

 

Reconozco que capturaron mi atención y perdí el interés de la conversación que venía manteniendo con mi apreciado compañero Óscar.

No sé si fue el alto porcentaje de menores que iba en el vagón, las madres que los acompañaban, el olor del porro, el quemarse del papel (o de dentro) lo que logró subirme la temperatura. El caso es que no pude reprimirme y, sin pensarlo, me lancé a intervenir antes de que se terminara el “cigarrillo” y me quedara adormilado. “Chavaaaaal – le dije gritando (para sintonizar un poco con su lenguaje) – pero ¿tú no sabes que está prohibido fumar en el metrooooo?”. “Anda, tira eso ahora mismo. Pero apágalo ya”.

 

Ni me di cuenta de las miradas que se posaban en mí de tan centrado como estaba en que mis palabras se tradujeran en una acción.

Afortunadamente ¡¡funcionó!! El chico ¡¡reaccionó!! Y en un acto reflejo casi animal tiró de golpe el porro al suelo y hasta lo pisó con el talón de su avejentada zapatilla.

Lástima que no llegara al minuto su reacción; al poco tiempo, debió de volverse a sumir en su estado de “enganche” y otra vez sucumbió a la tentación de volver a encender la misma colilla que había tirado al suelo y a darle las últimas caladas, para mi gusto de una forma de lo más miserable por lo imposible que resultaba ya coger la colilla.

Esto ocurrió a una parada del metro más cercano en su mismo barrio, no se crean que más lejos.

 

¿Por qué cuento esto?

 

Porque hay veces en las que, de verdad, me avergüenzo del país en que vivimos, de lo incívicos que somos, de la falta de consideración hacia los demás pero, sobre todo, de ver qué poca sensibilidad tiene alguna gente. No sirve de nada escribirlo; lo sé, porque  además, seguramente, quien lea esto esté igualmente sensibilizado (como lo estoy yo) con lo que estoy contando.

 

Pero no quiero ser fatalista, a pesar de mi reconocido antipatriotismo. Lo que me gustaría es hablar de cómo combatir este tipo de actitudes por medio de la cultura.

Y para ello es necesario tener no una, sino muchas culturas. Y eso, justamente, es lo que da el viajar, que uno tiene la posibilidad de comparar países, ver otras formas de actuar, comparar, y así, comparando, es como mejor se puede ver dónde vivimos.

 

Albergo aún vagamente en mi memoria, como si de otra vida se tratase, la imagen de un joven hace 15 ó 20 años que apareció como por arte de magia en un país extranjero al norte de Europa. Con un frío que pelaba y una comida que… ¡qué comida! Allí estaba yo, un churumbel, que apenas balbuceaba el idioma, intentado llegar sin perderme de la casa de mi “host family” al “college” donde se daban las clases. No sabría cuantificarles bien cuánto del idioma aprendí, pero sí recuerdo vivamente ciertas experiencias que cambiaron mi concepción nihilista del mundo por otra más amable.

 

Viajar a otra cultura me sirvió a mí para darme cuenta de que hay lugares en el mundo que viven con las puertas de casa abiertas, donde si pierdes u olvidas la cartera en un sitio puedes volver tranquilo al día siguiente porque sabes que nadie la va a tocar; o donde no es necesario poner carteles de “no pisar el césped”, “cierre el grifo” o “cuidar el material” porque todo el mundo entiende que para que esté un jardín bonito, un baño limpio o una clase en condiciones solo hace falta el sentido común de los usuarios. Un sentido común que además permite entender que a partir de que anochece es necesario dejar dormir a los vecinos; o que si uno escucha música no tiene porqué hacérsela escuchar a quien está al lado; o que si el semáforo está en rojo, sencillamente no se pasa. Recuerdo casos tan entrañables como el de un camarero en un bar en Helsinki que, yendo todo “cocido” un cliente, le cogió cuando quiso irse la

cartera, le extrajo el dinero de su consumición, le guardó “la vuelta” en la cartera, llamó a un taxi, le preguntó por su domicilio y lo metió en el coche indicándole al taxista las señas de destino. Pero no se crean, que el beodo finlandés tampoco olvidó antes de echarse a dormir en el taxi levantar la mano y balbucear un incomprensible ishwig (que imagino que significaba gracias).

 

 

Debo confesar cierta preferencia a determinadas culturas no ya por su educación, sino por su sensibilidad, porque si esto mismo que yo viví en el metro pasara en Otaniemi, Munich o Estocolmo, estoy convencido de que una mirada hubiera bastado para dar a entender el mensaje. Porque independientemente de la “tribu” con la que cada cual comulgue, ha de existir un respeto hacia la convivencia de todos con todos y eso solo se logra con una sociedad sensible hacia los demás.

 

Pero claro, a menudo la frontera del yo acaba con nuestro cuerpo físico y no entendemos que el otro sea también parte de nosotros y que, a veces, también lo que le hacen a otro nos lo están haciendo a nosotros o incluso que lo que el otro hace, también es responsabilidad nuestra como hermanos que somos habitantes de un mismo mundo; resumiendo, que creo que nos estamos perjudicando como sociedad cuando somos permisivos con ciertas conductas que atentan contra la armonía.

¿Acaso hay niveles de “gravedad”? ¿Es más importante una persona que un animal o que una flor? ¿De verdad piensan que un objeto no sufre un daño cuando se le pega lo mismo que una persona cuando se le amenaza? ¿Por qué no hay tolerancia ante un terrorista o un maltratador y la hay para esos borrachos que vuelven a casa gritando de madrugada emitiendo improperios a quien se les pone delante? ¿Por qué no decimos nada cuando alguien tira un papel o una colilla al suelo y sí cuando vemos a un compañero al que le están agrediendo? Está muy de moda ahora esto de combatir el bullying y el cyberbullying en los centros educativos, pero a mí los números no me cuadran: cuando comparo el nivel de respeto en otros países con el de España y veo las estadísticas de acoso escolar, creo que algo falla… porque no me creo – y siento mucho decirlo – que con el nivel de permisividad que existe en este país hacia conductas antisociales aparentemente “inofensivas” no haya una correspondencia similar en cuanto a conductas de acoso. Algo debe habérsele escapado a las estadísticas, no sé si falta de detección de casos o falta de denuncias de los mismos, para que el índice de nivel de acoso en España salga más bajo que en países como Finlandia, Escocia o Noruega.

Así es que llámenme antipatriota, pero quien crea que estoy equivocado que visite cualquiera de estos países y juzgue por sí mismo/a el grado de respeto que tienen hacia el prójimo. Que sí, que está muy bien estar orgulloso de las raíces, pero no tienen más que cruzar la frontera y verán que a los españoles se nos nota allá donde vayamos… y no precisamente por las buenas formas. No se trata de educación; se trata de consideración, de conciencia de pertenencia a un grupo y a una sociedad en la que hemos de respetarnos, de la forma mejor posible.

En mi opinión, aunque se busque en razones económicas la exclusión social, es el deseo de convivir (o no) juntos donde radica la base de la incomprensión y la exclusión de grupos. Y para educar en ese deseo, lo primero que hace falta es voluntad. Voluntad para vivir en paz, estando en armonía sin que nuestra aromnía perturbe la del vecino.

   

Continuará…

 

  Dedicatorias:

Esta entrada va dedicada:

1.- A mi estimado compañero Pedro, a quien agradezco su apoyo, consejos y ayuda. Fue él quien me inspiró a escribirla para esclarecer los verdaderos motivos de mi enfado aquella mañana temprano; un enfado que nada tenía que ver con la envidia de ver a alguien que vuelve “fumado” de marcha mientras yo iba a trabajar. A mí me encanta ir a mi trabajo.

 

2.- En segundo lugar y muy especialmente para mi compañero Juan Carlos, al que no conozco del todo bien, pero con el que presiento que tengo mucho en común. Me lo imagino a veces dando la clase como si tocara el piano, con sumo cuidado dejándose llevar por las palabras, escogiéndolas para alimentar la creatividad del alumno/a más aletargado. Así es como yo al menos, concibo las mías: haciendo encaje de bolillos para dar voz a los que no la tienen y apaciguar el ruido de las que suenan más alto, para que no desafinen e impidan que se escuchen los tonos más bajos… los más sensibles.

 

Paco Fuentes Siminiani

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Comentarios: 3
  • #1

    Chus Esteban (jueves, 09 febrero 2017 10:28)

    Nada que añadir Paco. Fantástica tu reflexión, como siempre.

  • #2

    PALOMA MARTIN (lunes, 13 febrero 2017 10:27)

    YO NO HE SALIDO DE ESPAÑA MÁS QUE UNA VEZ EN MI VIDA, NO TENGO CULTURA DE VIAJE, PERO ES QUE NO TIENE NADA QUE VER EL TENERLA O NO PARA SABER COMO CONVIVIR. MIS PADRES ME ENSEÑARON DESDE PEQUEÑA A CUMPLIR UNA SERIE DE NORMAS, QUE YO TAMBIÉN INTENTO QUE MIS HIJOS SIGAN. TODO SE REDUCE A EMPATÍA, NO HAGAS LO QUE NO QUIERES QUE TE HAGAN. CEDER EL ASIENTO EN LOS TRANSPORTES PÚBLICOS, NO ARRASTRAR LAS SILLAS, A PARTIR DE LAS DOCE NO SE PUEDE HACER RUIDO....PARA LA EDUCACIÓN NO HACE FALTA VIAJAR. ES SÓLO UNA OPINIÓN. GRACIAS

  • #3

    Juan José Ciudad (lunes, 27 febrero 2017 09:05)

    Yo creo que he viajado bastante, aunque no tanto como me gustaría, y puedo asegurar que hay de todo en el mundo. Como bien dice Paloma, para ser educado no hace falta viajar, creo ser bastante educado y mis hijos también, y en mi opinión son valores que se enseñan y que se heredan. Viajar, principalmente, me ha enseñado como hay gente que con muy poco tiene MUCHAS ganas de vivir y sonreir, eso si que lo echo en falta por "aqui".
    De todas formas, Paco, intento leer todas tus entradas en la web, y hasta ahora me han gustado bastante y he estado de acuerdo en casi todas, pero aquí hay unas cuantas reflexiones con las que no estoy nada de acuerdo, principalmente en las que pones a partir de: "¿Por qué no hay tolerancia ante un terrorista o un maltratador y la hay para esos borrachos que vuelven..."
    Un saludo.