TODO PARA EL PUEBLO PERO SIN EL PUEBLO (o la influencia de la presión social)

Ésta es la conclusión de una próxima reflexión muy muy larga que he empezado (pero no sé cuándo acabaré). Me he venido leyendo sobre “Prácticas basadas en la evidencia” esta mañana. Lo tengo comprobado, las mejores ideas me vienen por la noche o recién levantado, en la ducha. Por eso escribo esto, porque sé que hay algo contundente en ello:

El paradigma basado en la evidencia está sujeto a la aportación de pruebas empíricas sobre su funcionamiento, eficacia y beneficios de la aplicación. Como todo, es susceptible a la opinión pública; así, y según comenta Jackson (un investigador X) la garantía de que algo es una “prueba” está sujeta a la demostración de que ese algo evidencia que puede ser tomado como “verdad”. Por ejemplo, en la Edad Media quien ganaba una batalla era reconocido como vencedor y se reconocía con ello su derecho a ocupar unas tierras. En el S. XVII se comenzó a dar mayor reconocimiento como prueba de verdad a un testimonio escrito que a uno oral y a partir de la Modernidad, con el advenimiento de la Ilustración se dio en otorgar a los hallazgos de la comunidad científica cierto valor como verdad objetiva y universal. El problema viene cuando en la Postmodernidad la verdad deja de verse como algo único y objetivable y comienza a entenderse como un cristal poliédrico en el que intervienen no una sino múltiples opiniones; cuando varias disciplinas intervienen en algo y no existe la primacía de una sola, debe ser el consenso de todas el que convenga qué es reconocido como “verdad” o no. Dejamos de hablar entonces de una verdad absoluta para hablar de una verdad probable o relativa. Queda claro pues, la mutabilidad de aseveraciones pasadas y el cambio temporal al que está sujeto el concepto de verdad en base a los tiempos y el contexto social del que hablemos.

Al tal Jackson se le antoja entonces preguntarse cómo se juzga y quién determina si lo que se aporta como evidencia para justificar que algo es verdad, vale o no como evidencia. (Mira, éste es de los míos, de los que se aburren y empiezan a preguntarse cosas “raras” :D). Y fíjense, que debía tener un padre parecido al mío, porque igual que hacía yo en otra entrada no se le ocurre otra cosa que consultar un diccionario inglés. Como era de esperar en seguida le sale la palabra “juez” como la persona que juzga y aplica su entendimiento para dictaminar cuándo algo puede ser tenido (o no) en cuenta como evidencia. Para ello utiliza un cuerpo de leyes escritas convenidas socialmente; además, especifica, cuando hubiere ausencia de una resolución explícita al respecto, se le capacita al juez para que utilice su sentido común, dándole credibilidad a su veredicto. Esto supone, sin duda, un importante grado de confianza que la sociedad deposita en el que ha sido designado como juez.

Con el paso de los tiempos, en algunos países el juez se ha visto “dividido” encarnándose en la figura de un jurado; como si, en lugar de una cabeza pensante fueran necesarias varias para emitir un veredicto. Hay una frase que, de hecho, quisiera citar textualmente y que dice: “Los veredictos deben ser aceptables para todos los involucrados en un caso y deben demandar el respeto de toda la comunidad”.

En la actualidad, diría yo, con esto de llevar al paroxismo el ansia de igualdad y el espíritu democrático propio de la postmodernidad, se ha anulado incluso la autoridad del jurado. En su lugar, surge un fenómeno denominado “asambleas” que deciden en común lo que es mejor para el pueblo.

No es mi interés hablar de política pero cualquiera que esté mínimamente informado puede ver las consecuencias a nivel político y social tanto de un sistema piramidal en el que las decisiones vienen “impuestas de arriba” como de un sistema totalmente horizontal en el que no existe jerarquía ninguna y las dificultades que conlleva para tomar decisiones.

Sí me interesa, sin embargo, hacerles ver que organizativamente en el entorno del aula se manifiestan las ideologías individuales de cada uno: lo mismo que puede haber profesores o profesoras que den mayor o menor lugar a la toma de decisiones del alumnado, habrá alumado que crea que es más conveniente o no un sistema más o menos autoritario.

La ventaja que tiene un sistema autoritario es que libera a los de “abajo” de la toma de decisiones; la desventaja es que limita su autonomía en cuanto que ven restringida su libertad según los condicionamientos de las normas o decisiones impuestas por la cúspide.

La ventaja que tiene un sistema más “igualitario” (llamémosle horizontal o ¿democrático?) es que las decisiones son tomadas por la mayoría; la desventaja es que es más difícil de organizar, pueden crearse más fácilmente disensiones y en ocasiones puede privilegiar la opinión de una mayoría organizada, aun cuando las decisiones tomadas perjudiquen claramente a unos pocos. Estos sistemas son más propensos al “efecto contagio” y a menudo las decisiones individuales se ven condicionadas por la necesidad de cada uno de sentirse integrado en el grupo.

Lo que debe quedar claro de antemano es cuál es el sistema que queremos para nosotros y, una vez aceptada la inclusión en el mismo, aceptar también las decisiones (ya sea de los dirigentes en la cúspide de la pirámide o de  la mayoría que ha salido más votada en un sistema más “horizontal”).

Una de las cuestiones por las que se caracteriza la adolescencia es por su ansia de libertad; otra posible podría ser su afán de justicia; y una más, su rebeldía.

Pues resulta que se me ha dado esta semana una situación de “motín” en una clase, que viene ya destapándose hace ya varias semanas, pero que se me antoja como un reclamo para cambiar de “sistema”. Y como tantos líderes en el poder, me cuesta aceptar el derrocamiento, más que nada porque entiendo que es por causas injustificadas y lo peor, porque creo que en este caso lo que me piden va a ser peor para ellos. Así que me viene a la mente ese pensamiento del despotismo ilustrado de actuar por su propio bien, sin contar con su beneplácito. Me viene a la cabeza, tan bien, George Orwell cada vez que sutilmente intentan los alumnos/as flexibilizar una de las cinco normas que desde el primer día puse en mi clase y veo que en el intento de intentar hacer excepciones y puntualizar casos en las que puedan “no aplicarse” hay en el fondo, una desautorización de la autoridad y un anhelo de eludir las normas. Y veo también con claridad, lo rematadamente mal que se organizan cuando se trata de adoptar una postura unánime y lo poco capaces que son, ni siquiera de hablar ordenadamente uno detrás de otro, creándose una algarabía y un ruido ensordecedor cada vez que deben tomar una decisión.

 

Así es que me gustaría, por probar, hacer una pequeña encuesta para ver qué hace usted, lector/a cuando su hijo/a no quiere comer acelgas y usted sabe que las acelgas son buenas; o pescado, o le marca una hora prudente para volver a casa y le protesta; o le pide que saque la basura y no lo hace; o que recoja la mesa en lugar de quedarse extasiado/a viendo la tele; o cuando le dice que estudie y sigue sin estudiar; o que cuide sus amistades y siga con esas compañías tan malhabladas; o que no se pase el día en la calle y vuelva siempre a las 8 de la tarde. O cuando le pide que ahorre algo de la paga y a mitad de la semana vuelve a pedirle dinero para chucherías; o cuando le pide que cuide el material y la ropa y ve pintarrajeados los cuadernos o rotos los pantalones; o cuando le pide que sea responsable con las llaves o el bono-metro y los pierde por segunda vez en el mes; o cuando no le hace ningún caso… o si le desafía. ¿Cómo reacciona usted cuando le pide que sea cariñoso/a con su padre o con su hermano y sigue hablándole de forma despectiva? ¿Y cuándo no le pide algo pero lo espera igualmente? ¿Qué hace si le ve cargada de bolsas del supermercado y no es ni para abrirle la puerta y levantarse del sofá a ayudarle para llevar las cosas a la cocina? ¿Qué hace si ve que apenas le da tiempo a recogerle del Instituto y en lugar de recibirle con un abrazo le muestra una mueca de disconformidad? O el caso más común seguramente… ¿qué hace si su hijo/a sencillamente no se comunica con usted a pesar de estar usted deseando darle consejos, conocer sus inquietudes, sus problemas, sus preocupaciones?

Abro oficialmente el plazo de propuestas populares para que escriban sugerencias de cómo creen que es mejor hacer para poder ayudar a su hijo/a, y lo que es más difícil aún, que él/ella acepte que lo está haciendo por su propio bien.

 

Y sin más temas que tratar, levanto la sesión.

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Comentarios: 2
  • #1

    María (viernes, 03 febrero 2017 17:31)

    Centrándome en la segunda parte del texto y en las preguntas que planteas: suelo preguntarme por qué puse esa norma, qué consecuencias tendrá el incumplimiento y si son asumibles para mi hijo/a y para mí. Intento no atribuir a su comportamiento intenciones hacia mi (no creo que quiera tomarme el pelo, o cuestionarme, o me quiera menos o cosas así) sino a sus circunstancias, deseos, características personales (no le gustan las acelgas, no besar o abrazar es una forma de abandonar la adolescencia, es muy divertido salir con los amigos) etc etc. Si la norma no es básica y se puede negociar (espinacas en vez de acelgas), negocio. Si las consecuencias del incumplimiento son sólo negativas para él/ella y no muy dañinas (ir con un pantalón con rodillera hasta las rebajas) dejo que las asuma. Si la norma es básica para su desarrollo, para la convivencia familiar o su adaptación al entorno la mantengo aún a costa de enfados, intentando siempre que me dejan explicarle el sentido de la misma. A medida que se hacen mayores intento que las normas se pongan entre todos, se entiendan y se conozcan las consecuencias del incumplimiento.

  • #2

    Teresa (viernes, 03 febrero 2017 21:52)

    Dificil la pregunta, no es lo mismo gestionar 1, 2, 3 hasta 4 hijos, que te conocen y saben las normas (aunque intenten saltarlas) que 30 alumnos cada uno de ellos con unas costumbres y formas de actuar o entender......repito, complicado.
    En mi caso, y a riesgo de equivocarme, hay decisiones que tomamos su padre y/o yo que son innegociables (las menos) y si nos equivocamos asumimos la responsabilidad, el resto son susceptibles de negociación. Con estas últimas si la decisión la toma mi hijo se le hace saber las consecuencias para que sea consciente de lo que supondrá su decisión tanto para bien como para mal y que asuma su responsabilidad.
    En definitiva, salvo que su decisión ponga en riesgo algo muy importante o con muy difícil vuelta atrás, le dejamos que acierte/se equivoque....
    En cuanto a las normas tanto de educación como de comportamiento están establecidas desde que tuvo edad de entenderlas, así que si no las tienen establecidas desde casa, mal asunto.
    A veces hay tomar decisiones por ellos, pero otras hay que dejar que se equivoquen. Mi padre cuando mis hermanos y yo éramos adolescentes nos decía "yo no puedo evitar que te equivoques, lo que puedo hacer es intentar cogerte antes del segundo rebote cuando te caigas".
    Suerte y ve contándonos como lo resuelves.