CORRECTIVO

 

 

“nunca quiso este tiempo hacer mudanza de luz en sombra y frío”

A.   G.   C.

 

Cuentan que nada ocurre porque sí, y a veces hasta un escéptico incorregible como yo está tentado de dejarse convencer. Y es que andaba el otro día revolviendo papeles de mi tío -una de esas personas que a uno lo conducen al lugar que ocupará en su vida- en busca de unas partituras que quería ver si podían ser rescatadas del olvido. Y al remover en el desorden -sólo aparente- de aquella pila documental, cayó hasta el borde de la mesa, como quien resbala con elegancia, lo que parecía una carta. Desdoblé los pliegues medidos e intactos y me encontré con aquella letra estilizada y menuda, y en la tinta azul inconfundible de la pluma de mi tío.

Suspendido al acabar la lectura, me sacó de mi ensimismamiento el latir oscuro del timbre de mi casa. No recordaba que había quedado con Ana para tomar un café. Enseguida notó mi emoción profunda y, arrancándome una sonrisa, me preguntó qué me pasaba.

 

—Acabo de leer por qué mi tío se hizo docente —le dije.

—Pero eso es estupendo, ¿no?

—Sí, pero…

—¿No me lo vas a contar? —insistió ella.

—Es que me gustaría que te lo contara él. En realidad estaba pensando que me gustaría que todo el mundo leyera este papel que hoy ha salido a mi encuentro.

—Pues publícalo.

—No es tan fácil.

—¿Pero tú no tienes un blog?

—No me refiero a eso —añadí un tanto displicente—. Es que es un texto viejo, con referencias viejas de un mundo viejo que hoy puede que no se entienda.

—Era tu tío, no el maestro de Séneca.

—Lo que quiero decir es que aunque para mí sea muy hermoso, tal vez para mis alumnos pueda resultar hasta políticamente incorrecto.

—No hará falta que te diga lo que para mí (y para ti) significa la corrección, sea política o no —se rió Ana—. ¿Por qué no dejas que juzguen ellos, e incluso que te lo critiquen ellos?

 

Éstas y otras muchas razones me dio mi amiga; tantas, que me supo convencer para traeros aquí esta historia que transcribo con dosis iguales de pudor y admiración por mi tío y por su maestro que, sin duda, desde hoy lo es también mío.

 

Era el primer año que teníamos habitaciones individuales. Aquello nos hacía mayores de golpe, o así lo creíamos, y así asumíamos el papel. Aunque siempre me habían gustado más los pabellones que miraban al río y al campo, me había tocado una habitación interior que, sin embargo, daba a un patio con una fuente sencilla y cantarina que me adormecía en las mañanas de invierno. Desde el poyete que sustentaba la pequeña ventana veía la fuente y las plantas que la envolvían, y veía el corredor del pasillo de los superiores en la primera planta.

 

Creo recordar que ya fumaba de antes, pero estoy seguro de que hasta entonces no lo había hecho con la fruición y la entrega casi apasionada con que lo hice aquel curso. Fumar era ser mayor, era ser hombre, era afirmarse y desamordazarse, sentirse libre. Sólo una cosa entonces podía eclipsar esa sensación que me otorgaba el tabaco: la literatura era el sustituto necesario de una vida hecha de rutina y hábitos. Leer era un refugio, el único territorio sagrado, el lugar que te convierte en dios, la vida de verdad. No había minutos suficientes en el día, no había lugar donde no escondiera un libro por si había un minuto, un resquicio, un momento de escape. Tenía una grieta en el patio que albergaba mis libros de aventuras; escondía tras el casillero de las servilletas del comedor poemas prohibidos de autores cuyos nombres se decían en voz baja (si se decían); Teresa, la hija del portero, me traía a hurtadillas volúmenes de la biblioteca municipal que nosotros no teníamos en la del centro; forraba cuidadosamente mis libros en tiempos de ejercicios espirituales para gozar de la soledad y la ‘impunidad’ de la capilla, y poder así leer los tres tomos de El señor de los anillos que para el mundo eran El sí de María, con una hermosa portada con letras polícromas y una ilustración de un cuadro de la Anunciación de van Eyck.

 

Aquella noche, pasada ya toda hora razonable, como todas las noches, me fui al poyete, cogí mi libro, mi paquete de tabaco y mi flexo cansado y me puse a leer y a fumar, como todas las noches. Y como todas las noches -estoy convencido-, don José Antonio me vio (me resulta raro ver escrito su nombre: siempre fue el Chean). Quizá lo único distinto es que yo vi que me vio, y posiblemente eso fue lo que le hizo subir. En aquel momento supe que me iba a caer la bronca del siglo, pues estaba incumpliendo dos normas fundamentales en la vida de nuestro centro. El Chean era muy querido para mí. Tenía el pelo blanco, muy blanco y brillante. Era una de esas personas que parecía que nunca hubieran tenido el pelo de otro color. Me había enseñado a soldar cables y a arreglar el radiocasete. Siempre iba de gris y tenía un andar con una arritmia característica que hacía sus pasos inconfundibles. Con él aprendimos cómo se podía usar la voz de uno dos veces en la misma grabación. Fumaba Ducados, fumaba siempre. Tenía los dedos de la mano derecha amarillentos, se diría del color del tabaco recién secado. No hay vez que no haga un primer plano en mi cámara que no recuerde su forma tan graciosa de explicar el diafragma y la profundidad de campo. Le gustaba pasear solo, salir por las pistas de deporte, siempre con las manos atrás y la mirada alta y lejos. Con él acampamos y recorrimos la sierra. Con él conocimos a Vángelis y lo que se podía hacer con un montaje de diapositivas. Con él construimos una escenografía, montamos una exposición, hicimos teatro, grabamos una maqueta, convertimos una despensa en biblioteca. De él aprendí que Ideafix era uno de los personajes más importantes de Asterix y que el silencio es más eficaz que la acumulación de notas. Me descubrió El Principito y me enseñó a reírme de mí mismo. Pero aquella noche me había visto y venía de camino a mi habitación. Y yo sabía también que no convenía enfadar al Chean, y que no le temblaba el pulso cuando nos tenía que castigar. No puedo decir que tuviera miedo, pues creo que nunca despertó miedo en mí, pero me sentía incómodo con la idea de que alguien a quien tenía en tan alta estima me tuviera que afear la conducta, regañarme o castigarme. Por un momento tuve la tentación de huir, de meterme en la cama y disimular, pero enseguida lo deseché por pueril y estúpido. Pensé que si aquella noche no me hubiera podido el ansia de proseguir la lectura, posiblemente José Antonio se hubiera acostado y yo habría tomado mi sitio en mi castillo y todo habría transcurrido como todas las noches. Cuando el casi cojear del Chean empezó a oírse en el pasillo, me dio mucha rabia que uno de los últimos encuentros que recordaría con él sería éste, con su charla, su bronca y su castigo. Me puso furioso pensar que una escena como ésa, por la gravedad que suponía mi falta en aquel contexto, pudiera contaminar una relación para mí tan hermosa con alguien a quien consideraba, de corazón, mi maestro. Con lo que no contaba es con que el Chean me diese aquel día la lección más importante y más íntima que nadie me diera nunca.

 

Cuando llegó ante mi puerta hizo una pausa. Se me hizo eterna. Llamó (nunca entraba sin llamar), abrí la puerta y le invité a pasar. Me dio las buenas noches con una sonrisa que llevaba al tiempo un guiño y una reprimenda amistosa. Me ofreció un cigarrillo (nunca lo había hecho antes; nunca lo volvió a hacer). Lo tomé incrédulo, le di fuego y encendí aquel ducados sin entender muy bien qué estaba pasando. Me senté en la silla y él, en lugar de apoyarse en la mesa, como le gustaba hacer, se sentó a los pies de la cama y empezó a hablarme de su infancia, de sus trastadas en la cocina, de los celos que sentía por su hermano, del amor incondicional de su madre… Hablamos de muchas cosas, navegamos la noche sin rumbo fijo hasta que se atisbaban las luces del alba. En ningún momento me habló de lo que había pasado, en ningún momento me dijo lo que tenía que hacer, pero desde aquel día hasta que acabó el curso dejé de fumar en mi habitación. Desde aquella noche dejé de esconder mis lecturas insomnes y en una especie de código secreto informaba al Chean de los días que me iba a quedar leyendo.

 

Cinco meses después abandoné aquellas paredes para siempre.

 

Después de algunas visitas esporádicas en los primeros años, pasé casi veinte sin ver al Chean. Hace un par de semanas, casualmente, supe de la residencia en que estaba y conduje los 450 kms que me separaban de ella para poder pasar un rato con él. Cuando entré, me hicieron esperar en un patio raso y cuartelero. Desde el centro vi una galería superior y en la galería una sombra de humo. Subí despacio, saltando otras escaleras y oyendo otras voces. El pasillo estaba vacío y silencioso. Me paré ante la puerta e hice una pausa. Llamé. Al otro lado, el Chean me abrió y me hizo pasar. Aunque hace más de diez años que no fumo, aquel día le ofrecí un ducados y nos sentamos en un poyete pequeño que tenía la ventana a charlar y a dejar que llegara el día.

 

vale. j c p j

 

 

José Carlos Pino Jiménez

enero - 2017

  

 

 

Comentarios: 7 (Discusión cerrada)
  • #1

    Alberto (miércoles, 01 febrero 2017 08:56)

    Gracias, PIlar y gracias, Jose Carlos.
    Es un lujo leer algo que a muchos afortunados nos suena: el encuentro de un alumno con un MAESTRO, es decir, con un profesor que sabe que lo más importante a transmitir nunca está en los libros de texto. Nunca el encuentro está escrito.
    Un abrazo.

  • #2

    Graciela (miércoles, 01 febrero 2017 16:39)

    Gracias, José Carlos, por una historia auténtica que me recuerda que enseñar no es repetir normas y lecciones sino compartir

  • #3

    Dani (miércoles, 01 febrero 2017 20:48)

    Un relato muy bonito, compañero. Mil gracias por compartirlo, por hacerlo un poquito nuestro

  • #4

    Paco (miércoles, 01 febrero 2017 21:18)

    Ooooh, me encanta la vuelta al comienzo del final de la historia. Que redonda la historia, José Carlos!! Me recuerda un poco a las "normas de la casa de la sidra" salvando las distancias claro, porque vosotros sois mucho más jóvenes ;). Te siento cerca, muy-me...

  • #5

    Gema (lunes, 06 febrero 2017 09:14)

    Cómo se nota cuándo tenéis pasión por lo que enseñáis, que no es un simple trabajo, el ir más allá de los libros y hacer que los niños vengan encantados.

  • #6

    mamichuli (lunes, 06 febrero 2017 20:01)

    Muchas gracias Jose Carlos. Me has trasladado a mi infancia y a mi MAESTRA.
    ¡Da gusto conocer gente que no solo enseña... HACE.
    Bonita historia

  • #7

    María José García-Miguel (viernes, 03 marzo 2017 21:46)

    Gracias José Carlos por esta bonita historia.