DEJARSE QUERER

Hay veces en las que los “tejemanejes” internos de la mente nos atrapan y es difícil evitar caer en la maraña de trampas lógicas en  las que el intelecto nos envuelve.

Para esas situaciones en que un(a) alumno(a) se ve agobiado(a), bloqueado(a), sin saber qué hacer está el profesorado y, muy especialmente, el tutor o la tutora.

Esta función que muchos desconocen y que sobrepasa la frontera de la pedagogía para internarse en los siempre complejos vericuetos de la labor terapéutica sirve, además, para echar una mano a los cada vez más menguantes departamentos de orientación.

Me quitaré pues, por hoy, la camiseta de profesor y me pondré la de terapeuta. Espero no pillar un resfriado, porque con el frío que hace esto de cambiarse a menudo de camiseta puede resultar peligroso…

Con esta nueva camiseta, lo cierto es que me siento como “el hombre que tenía rayos X en los ojos” (¡qué gran película!). Intento mirar más allá de las apariencias y entrever qué se esconde detrás de los gestos, del lenguaje corporal, de las conductas en clase, incluso de la forma de coger el lápiz, o el carboncillo, qué filias y fobias demuestran las temáticas que escoge un alumno/a para un trabajo libre, o si son más sensibles a los olores, a lo visual o a lo acústico. He llegado en ocasiones a hacer incursiones en el análisis de su discurso o de su forma de hablar… el repertorio es tan amplio que me da vértigo internarme en un abismo del que no veo fin, así que por mi propia paz mental intento mantenerme fiel a mi condición de profesor de plástica y no sobrepasarme ejerciendo esa otra faceta que, sin duda, no deja de fascinarme.

La gran ventaja de dejarse atrapar por este personaje cual Sherlock Holmes es que uno siente ver más allá de las máscaras que todos, como si de ropa se tratase, nos ponemos a diario.

Y ahora, en estos momentos que iniciamos una nueva evaluación, tras haber dado las notas, veo más que nunca necesario agudizar la vista y estar pendiente de quiénes precisan de cierto “sostén” para seguir adelante.

En términos psicológicos – disculpen mi atrevimiento al utilizar mis propias palabras –  el “holding” (en español,  sostén) es una de las tres fases que el individuo atraviesa para habitar el mundo con cierta dosis de autonomía. Para ello se requiere diferenciar lo real de lo irreal; este proceso pasa por un período previo de desconfianza, miedo o sentimiento al percibir el mundo como una realidad amenazante y es por esto que es prescriptivo disponer de una base o referente que otorgue al individuo (llámese bebé, infante o adolescente) un mínimo de seguridad y autoconfianza. Por eso se dice que, cuando el entorno familiar es inestable, necesariamente un niño/a no se podrá desarrollar en su totalidad haciendo uso de su capacidad creativa, al existir trabas para que el niño/a adquiera la confianza suficiente para atreverse a experimentar y explorar el mundo “exterior”.

Pongamos algunos ejemplos… ¿Qué pasa si un niño se cae en el parque y empieza a llorar? ¿O aquella vez que, siendo pequeño, yo mismo me perdí en el supermercado y no encontraba a mis padres por ningún lado? ¿O la primera vez que salí al extranjero, sin apenas entender lo que decían aquellos “extraños” en un país del todo desconocido para mí?

Todas estas situaciones son desencadenantes de estrés emocional y presentan cierto grado de amenaza/desafío ante el posible fracaso-frustración. La dificultad versa, precisamente, en desarrollar las estrategias necesarias para salir airoso de la situación, cosa que, desgraciadamente, no siempre ocurre. Y es ahí, cuando se hace preciso alguien que ejerza la función de sostén, que ayude en ese momento crucial en el que el niño que se cae en el parque va a romper a llorar, o la vez en que, perdido en el supermercado o en un país extraño, me sentí solo e indefenso en el mundo.

Esa mano ayudadora que te tienden en el instante de mayor angustia, la persona que asoma para salvarte del precipicio de la soledad o el dolor imaginados, como la de mi abuelo cuando, aprendiendo a montar con un solo ruedín en bicicleta, empujaba ligeramente de un lado para equilibrarme y evitar la caída, y así que pudiera seguir intentándolo sin darme de bruces en el suelo constantemente.

Pues así ando yo últimamente, tanteando quiénes, en mi clase, se muestran perdidos, hastiados, olvidadizos por no traer el material o hasta incómodos en una actividad que a todo adolescente sano debería encantarle, porque ¿a qué joven no le puede gustar mancharse las manos al entregarse a un dibujo? ¿Qué mejor manera de pasar el rato que enfrascarse en un dibujo y perder la noción del tiempo intentando hacer ver tres dimensiones donde solo hay dos? Y ahí, justo ahí, en ese salto decisivo de perder el miedo al vacío de la hoja en blanco es donde se ve quién afronta la tarea y se olvida, por unos instantes, de esa mala nota de la primera evaluación… porque una nota es solo una nota, pero no deja de ser algo anecdótico, que no tiene por qué impedir a nadie ser… ¡¡La batalla continúa!!

Y como mi abuelo cuando me enseñaba a montar en bici, confío en que algún día, tal vez en Bachillerato (quién sabe si yo lo veré), no sea necesario que mis alumnos/as requieran de ese consuelo, de esa palmadita en la espalda que les dé la enhorabuena por el trabajo realizado, de esas palabras de aliento para animarles a seguir. Porque eso querrá decir que ya son personas adultas, responsables e independientes.

 

Aunque mientras las necesiten y esté yo cerca, aquí estaré para dárselas si les veo tristes, preocupados o desmotivados, porque no hay nada peor que una cara lánguida en clase a la que no puedo o no soy capaz de ayudar. Todo sea que el alumno/a se quiera dejar ayudar, se quiera dejar querer…

 

 

Comentarios: 2 (Discusión cerrada)
  • #1

    mamichuli (lunes, 06 febrero 2017 18:36)

    Estimado Paco . He estado "empapándome" de tus comentarios y no puedo quedarne quieta...Me veo en la obligación de darte las GRACIAS.
    Confieso que en el comentario anterior felicitando el 2017 me has trasportado a mi niñez, donde tuve a muchos "locos" como tu que contribuyeron en gean parte a ser lo que soy, y no sólo profesionalmente, también humanamente.
    En este segundo me has recordado a mi hija pequeña Sandra, cuya autoestima estamos tratando y que gracias a la "vista" de su profe y al apoyo de sus papis estamos consiguiendo que mejore. Gracias a sus clases de pintura donde me confesó que se relaja, se dió cuenta que ella también es capaz de hacer "obras de arte".
    ¡Qué papel tan importante jugamos todos!. Tanto padres como profesores deberíamos ser un ”equipo" ya que tenemos el mismo objetivo.
    GRACIAS una vez más por tus reflexiones. Un abrazo.

  • #2

    Paco (lunes, 06 febrero 2017 22:39)

    Hola mamichuli, te secundo en la importancia de "hacer equipo". La educación es un trabajo conjunto, de múltiples agentes... Funcionamos en sistemas queramos o no, por mucho que la sociedad nos induzca a ir cada cual a lo suyo.
    Un cordial saludo!!