GUGÚ-TATA

Por seguir en la línea familiar hoy me gustaría hablar de la otra cara de la moneda: el bebé.

Cuando mi “muy mejor” amigo Javi tuvo a su primer baby me contaba que se desesperaba los primeros meses cuando no paraba de llorar por las noches. Luego, según parece, comenzó a descubrir distintos tipos de llanto y  se dio cuenta de que había ligeros matices que diferenciaban cuando el bebé solicitaba compañía, una nana o sencillamente que la madre lo amamantara.

La adquisición del lenguaje es probablemente uno de los mayores avances evolutivos de la especie humana y tal vez por eso entrañe tantos secretos. Gracias a las palabras podemos comunicar nuestro sentir y hacer entender a los demás las causas y motivaciones de nuestros anhelos, frustraciones, miedos y expectativas. Y aunque mi fuerte, la verdad sea dicha, no es la oratoria, sí que reconozco disfrutar mucho de la palabra escrita. La palabra – decía “alguien” – mata, porque en la medida en que representa un significado captura la multiplicidad de posibilidades de pensamiento que uno puede albergar. Pruébenlo si no… Piensen en un número cualquiera, da igual cuál, sigan pensando, piensen, piensen y ahora… ¡¡¡ díganlo en voz alta !!! ¡¡¡¡¡ Más alto !!!!! ¿Cuál? ¿Se dan cuenta? Mientras pensaban un número ¿a que había un montón de opciones rondando en su cabeza? Es decirlo a viva voz y de repente ¡zas! Se  materializa el número. Da igual que sea algo abstracto, cobra cuerpo igualmente, se hace patente.

Esto mismo lo descubrí cuando tuve que hacer de galán en una obra de teatro de García Lorca en la que participé hace unos años. Yo siempre fui de esos estudiantes que prefería memorizar a escribir; ahora hay muchos estudiantes de estos, porque ya lo de escribir resulta mucho esfuerzo para una gran parte de los adolescentes hoy día. Pero en mis tiempos, en que las clases se basaban básicamente en tomar apuntes de todo lo que el profesor o profesora decía, era un verdadero problema confiar en la memoria. Continuamente te pedían ejercicios, redacciones, reflexiones, análisis… y yo, que prefería pasar el tiempo delante de los libros sin devolver nada a cambio, lo pasaba muy mal cuando tenía que coger papel y boli para escribir algo que entendía ya sabía. ¿Por qué se empeñaban los profesores/as en que escribiera algo que ya sabía?

Fue a base de ceros y regañinas que acabé venciendo mi resistencia a escribir, incluso las ecuaciones de matemáticas, de las cuales, por imperativo del profe de mates, tuve que repetir hasta por veinte veces haciendo ejercicios de una hoja de sistema de ecuaciones que nos dio por Navidad en los que porque a él se le ocurrió, había unos que había que hacer por el método de sustitución, otros por igualación y otro por eliminación. Por qué, si ya había explicado los tres métodos en clase teníamos que hacerlo nosotros una veintena de veces más nadie lo llegó a saber, pero eran deberes de Navidad y nadie se planteaba ni lo más mínimo dejar de hacerlo. Muy al contrario, todos intentábamos hacerlos antes de que llegara Papá Noel para poder disfrutar a gusto si, por casualidad, se le ocurría al gordinflón de barba blanca dejar algún adelanto de los juguetes de Reyes.

Pues bien, volviendo a mi papel de galán en el teatro resultó que allí descubrí por qué no debía uno fiarse de la memoria. Había estudiado mi papel una y mil veces, sin faltarme un punto ni una letra. Lo recitaba en mi cabeza en el autobús, de camino al colegio, cuando iba a la academia por las tardes, incluso en el baño mientras me duchaba. Y aún así, no me pregunten por qué, cuando fui al primer ensayo y me dispuse a decir mi parte del texto, sin saber por qué ¿? me quedé en blanco …

¿A qué alumno no le ha pasado eso en un examen?

Pero si yo sabía mis frases a la perfección, ¿dónde están ahora que las necesito? Y por más esfuerzos que hacía buscando en los rincones de mi cerebro nada, que las palabras no aparecían.

 

Hace poco pedí a mi alumnado realizar una encuesta para saber qué dificultades habían encontrado en mi materia durante la primera evaluación. Expuse diez ítems relacionados con aspectos varios de la clase para saber qué les habían parecido los contenidos, las explicaciones, el ritmo de trabajo, el entorno digital, etc. Marcar cruces en una escala de 1 a 4 se les dio a todos bien, pero cuando les pedí que, por favor, me ayudaran a mejorar explicando sus razones para ubicar la cruz en el 1 o en el 4 ahí cambiaba la cosa. Más de la mitad entregaron la encuesta sin explicación alguna y la mitad de la otra mitad (un cuarto en términos matemáticos) contestó “porque sí” (profe, ¿se puede decir because yes?). Así que ahí me encuentro, como mi amigo Javi con su bebé intentando descifrar el sentir de mis estudiantes incapaces, muchos, de expresar sus razones.

 

No resulta fácil a veces seguir adelante cuando no se tiene información. Afortunadamente siempre hay pistas en el camino que ayudan a orientarse; María Jesús nos sorprendió en unas inusualmente interesantes sesiones de evaluación al descubrirnos la estadística como una gran herramienta para revelar significados implícitos. Maravillados nos quedamos todos los profesores cuando nos mostró un gráfico en el que se acumulaban en forma de barras el número de cruces que alumnos y alumnas había ido atribuyendo a su grado de interés, dificultad, disciplina… en cada asignatura. Algo similar imagino que harán los sociogramas cuyos resultados veremos en breve dándonos pistas sobre la homogeneidad o dispersión de los grupos de aula.

Sin embargo, aunque siempre he sido un gran admirador de racionalizar y comprender las relaciones humanas, creo que en cuestiones educativas el que ha de predominar es el estudio de caso. Y por eso me empeño en hacer ver a mis alumnos y alumnas la importancia que tiene transmitir las razones.

 

Los momentos más emocionantes en la enseñanza los he tenido, sin duda, en encuentros de uno a uno, porque es ahí donde más se pone en juego el verdadero intercambio de experiencias, del que tanto se puede aprender; tal vez por eso cuando me viene un alumno en un recreo a consultarme algo, me cuesta tanto decirle que es mi tiempo de descanso y acabo “atrapado en el aula”. Recuerdo a aquella alumna que con una madurez impropia de su edad me contaba compungida que eran malos tiempos para la publicidad y que en los últimos años no podía darle a su hermana pequeña y a su madre en paro los lujos que le había dado anteriormente gracias a su trabajo de niña-modelo para anuncios de muñecas; o a aquel simpático locuelo, hijo de un feriante en pleno apogeo de la instalación de la atracción que regentaban que me decía seriamente: “Profe, yo estoy aquí pa’ sacarme el título pero en realidad a lo que yo me voy a dedicá es a los coches de choque”; ¿y aquel otro que sin saber por qué rompía todo lo que se le ponía al alcance porque “a su mente venían deseos de destrozar que no podía apartar”? Y ahí lo tenías, sufriendo, por hacer algo que no quería pero que, por algún motivo, se veía empujado a hacer.

 

Si tuviera que definir con palabras mi sensación hacia la enseñanza, diría que últimamente mi interés está curiosamente mudando desde un enfoque más pedagógico a otro más… ¿terapéutico? Experimento a medida que pasan los años que la manera en que yo siempre he concebido una clase, acaso más tradicional, resulta a muchos alumnos y alumnas excesivamente dura y poco motivadora. Cuando echo la vista atrás a mis tiempos de estudiante, evoco con nostalgia aquellas tardes de los jueves en las que llegaba a casa ansioso por hacer la lámina de dibujo que acababan de explicarme en clase y en cuanto acababa de merendar (qué entrañable palabra :D) me sentaba en mi mesa de trabajo, encendía el flexo y empezaba con sumo cuidado a manejar la escuadra y el cartabón, las reglas y el compás para construir los trazados, figuras u objetos geométricos que nuestro profesor nos había dibujado concienzudamente en la pizarra durante la hora de clase. Allí no se movía nadie lo más mínimo. Se podía oír el silencio (y éramos 40 alumnos en clase) quebrantado solo por algún leve sonido de algún compañero que, al dejar el compás en el pupitre, lo soltaba en lugar de depositarlo con suavidad. Y a pesar de la severidad con que se dirigía a nosotros aprendimos… aprendimos a no contestar a los mayores, a no interrumpir, a sacar el máximo partido de una hora, a dibujar con sensibilidad, sin apretar, con precisión y delicadez (o si no perdíamos 1 punto: 1 punto por falta de limpieza, 1 punto por no colorear homogéneamente, 1 punto por no jerarquizar las líneas, 1 punto por no marcar la solución… hasta que dejamos de perder puntos). Debo reconocer que, por mucho que no nos gustara aquel viejo y barbudo cascarrabias, el muy ca… rismático nos enseñó bien. Si no, a ver cómo se explica que sacáramos tantos alumnos un 10 en Selectividad. Nadie supo nunca por qué le llamaban el Lute, pero desde luego algo de sórdido tenía.

Me pregunto qué haría él si tuviera que dar clase en los tiempos que corren. ¿Cómo lo recibirían mis alumnos? ¿Se le subirían a las barbas o sabría manejarlos?

 

 

 

II PARTE: La entrada más larga del mundo

 

 

Siento explayarme tanto. Pareciera que más que una entrada de un blog esto es el comienzo de una novela... :S

Enlazo aquí esta otra entrada con la anterior, que dejé incompleta porque se me echó encima la Navidad sin saber cómo “cerrar” la historia. ¡¡Qué difícil es terminar las cosas a veces!! … y qué sabor más raro dejan los finales inconclusos…

Me pasa un poco lo mismo con los fines de año, que no se me antojan final de nada, porque la vida sigue, por más que nos empeñemos en darla por acabada.

 

Este año no sé por qué me llegan por los medios de comunicación muchas señales de descontento: el 2016 nos trajo un buena colección de artistas y cantantes que han muerto para nuestro pesar (David Bowie, Leonard Cohen, Prince, Bud Spencer, Doris Roberts – aquella secretaria de Se ha escrito un crimen - , Michael Schumacher, Nancy Reagan!!, Alan Rickman – el malo tan atractivo de Die Hard -, Frank Sinatra (Junior), Muhammad Ali…). ¡¡Normal que Madonna esté triste!! Si hasta Terelu Campos aparece en televisión justificando su amargura navideña por el recuerdo de antepasados familiares que han fallecido.

 

Me resulta muy chocante ver a gente que le afecta tanto (especialmente para mal) estas fiestas. Sin ir más lejos el otro día iba en el ascensor yendo a casa de mis padres todo cargado de sorpresas navideñas para mi familia  Y coincidÍ con dos vecinas a cual más apesadumbrada: una con su marido en el hospital al que le acababan de hacer un bypass y su hijo recién despedido de un trabajo en la Administración que llevaba ejerciendo 16 años; la otra recién recuperada de un ictus cerebral que, según parece, le ha devuelto la vida… pero no las ganas de vivir.

 

Ya no sabe uno a qué atender, si al espíritu festivo de alborozo y alegría que se respira en el centro paseando sin coches gracias a las medidas de la nueva alcaldesa o al enfado de muchos por un país que no marcha bien, donde los ladrones se disfrazan de políticos, las esperanzas merman y la vivienda no baja todo lo que uno quisiera para comprarse un ático bien bonito donde celebrar fiestas con los amigos.

 

En fin, creo que me volveré a mi caparazón a releer los cómics de mi alumnado, que me dan una perspectiva muy grata del panorama actual de la calle. Quiero desde aquí daros las gracias a todos y todas por dedicar vuestros esfuerzos a unas historias que para mí no tienen desperdicio. He disfrutado estos días no sabéis cuanto preparándos los comentarios a vuestros relatos; me agrada mucho ver que, a pesar de que el mundo se empeñe en poner dificultades en el camino, existe en la juventud una vitalidad ilusionante capaz de expresar sus motivaciones de forma tan bella. Ganas me dan de hacer una  exposición para enseñar vuestro arte. Lo dejaremos para más adelante, que aún no han dado las 12 y no es momento de celebrar…

 

 

Y a los que le teman al 2017, os dejo aquí un vídeo que me han enviado no sé si por equivocación en una felicitación estas fiestas cuya letra representa muy claramente lo que el próximo año nos traerá, que no es ni más ni menos que lo mismo que nos trajo este año, y el anterior, y el anterior y el anterior y el anterior… más noches y más días…

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