SER PADRES*

* para este artículo se ha utilizado la forma del masculino para referirse indistintamente al género masculino y al femenino, si bien el título del mismo hace referencia a la figura paterna, que no masculina.

 

 

Escribir sobre ser padre sin serlo puede parecer cuanto menos una temeridad, pero siento la necesidad de haceros llegar algunos pensamientos que autores de reconocido interés formularon en el pasado y que, en mi opinión,  siguen vigentes en la actualidad.

 

Bowlby en su teoría del apego atribuyó a la relación de la madre con el bebé el establecimiento del primer vínculo afectivo, determinante para la posterior forma de relacionarse del niño con su entorno. Así, si una madre se comportaba de manera excesivamente proteccionista, se comprobaba  que su hijo desarrollaba una cierta dependencia que le incapacitaría para tomar decisiones por sí mismo en un futuro; a la inversa, una madre poco pendiente de su hijo haría acrecentar en su hijo el sentimiento de abandono, haciéndole desarrollar falta de autoestima debido al desinterés provocado por la madre.

 

No está exento de importancia el rol del padre, no ya solo como figura de autoridad respecto a las exigencias del niño sino también como elemento de soporte a la madre en su desempeño de dar cariño al bebé. Están estudiados casos de madres que enferman de dar tanto amor sin recibir nada a cambio. Pero tampoco hace falta irse a los libros para leer esto: en la vida cotidiana me canso de ver a madres que se encargan de las labores domésticas, de ayudar a los hijos a hacer los deberes, de llevarlo y traerlo a extraescolares y no contentas con eso, le dan a sus maridos ese apoyo y comprensión que necesitan cuando llegan cansados del trabajo. ¿Y quién les da a ellas amor? Nadie.

 

Uno de los autores más controvertidos de la historia de las ciencias del comportamiento (Bettleheim) osó hace décadas atribuir a las madres las dificultades comunicativas que niños con autismo demostraban en sus relaciones  con los demás, acuñando incluso un término – el de “madres nevera” – para definir a esas madres con escaso vínculo afectivo con sus hijos, a los que supuestamente les transmitían esa incapacidad comunicativa; esta supuesto ignoraba, obviamente, la componente neurológica de los trastornos de espectro autista que más tarde se daría en descubrir.

Sin embargo, no es, en principio, descabellado, pensar que si existe una teoría del apego que extrapola a las formas posteriores de comunicación del niño la manera en que se relacionaba con la madre, también a la inversa debieran trasladarse al niño patrones de incomunicación y aislamiento si éstos fueron el modelo recibido por la madre.

Me gustaría en este punto reivindicar una de las cosas que más me gusta de esto que llaman “modernidad”, que es la igualdad de derechos del hombre y la mujer. Porque también en cuestiones evolutivas creo necesario incluir cierta equiparación del rol del padre y de la madre; la importancia del rol del padre radica en ser garante de un equilibrio necesario en la formación de la estructura de la personalidad del niño: el padre tiene la responsabilidad de hacer fluir los intercambios afectivos entre la madre y el niño, inyectando en esa relación diádica un tercer vértice que da consistencia a la misma. Por una parte el padre contribuye para dar a la madre esa “inyección de fuerza” que precisa por el esfuerzo (a veces incluso agotamiento) que le ocasiona su actitud de madre “dadora de amor incondicional” al niño; por otra parte, regula las demandas afectivas del niño hacia la madre ejerciendo como figura de autoridad, restringiendo o limitando  sus exigencias como ser “reclamante de amor y atención”. Cualquiera diría que esto de limitar el amor queda de lo más ruín, pero ¿cuántas veces no se han quedado exhaustos y sin energía de tanto satisfacer las necesidades de sus hijos? ¿Tiene un niño límite a la hora de pedir? A mí en eso me recuerdan a los peces que tenía en mi acuario cuando era pequeño, que daba igual cuánta comida les diese siempre pedían más. Y ahí los tenía abriendo y cerrando la boca en la superficie del agua, que daba igual que vaciara medio bote de comida, que siempre comían más. He llegado a ver peces morirse de empacho porque mi hermana, que siempre ha sido muy complaciente, por satisfacerlos les daba más y más comida hasta vaciarles el bote entero. El instinto siempre pide más.

 

No son infrecuentes las ocasiones en que una alumna me llama “papá” por equivocación. Es una situación extraña que causa mucho rubor a quien la protagoniza cuando se da cuenta. Hoy mismo, sin ir más lejos,  me ha confundido con Pedro una alumna, acaso de su tutoría. Está en el inconsciente colectivo esa figura de autoridad que nos ponga límites y a ella recurrimos ante un “exceso” de libertad, porque, a veces, decidir abruma.

 

La satisfacción de demandas es algo que está a la orden del día, más aún en una sociedad de consumo como la actual en la que todo se basa en satisfacer los apetitos de cada uno (comida, lujo, estética, tecnología, moda, sexo… la lista es extensa). Donde se pone el límite a este afán concupiscente es, a buen seguro, una de las decisiones más difíciles de ser padre. Probablemente por eso Freud metaforizó la función del padre como “castradora” por cuanto a que se interpone en el logro del deseo del niño para imponer “la ley” (…).

 

Dicha función no tiene necesariamente que ir asociada a la figura masculina. En mi caso recuerdo cuando, siendo pequeño, llegaban estas fechas y comenzaba a incrementarse la duración de los anuncios en detrimento de los programas de televisión; ¡ hasta 20 anuncios de juguetes uno detrás de otro llegué a contar en tiempos del 1, 2, 3 !. Podrán ustedes imaginarse la excitación que supone para un niño de 6 años  el ver la última novedad en muñecos de playmobil, seguido del barco-pirata, de un cinexin, de un scalextrix con micromachines, las muñecas de famosa, la muñeca que hace pis y  caca, los tamagochi o aquel magnífico juguete de “operación” que pitaba si te equivocabas al extraer mal una víscera (en mis tiempos aún no había juegos de ordenador ni consolas). Al término del décimo anuncio yo ya estaba que me subía por las paredes de tantas cosas que quería pedir. Tan frenético me debía ver mi madre que acababa diciéndome que cogiera una papel y un lápiz y apuntara las cosas que me gustaban en una lista para hacer la carta a los Reyes, no sin antes recordarme desde su función paterna-castradora que me acordara del resto de niños pobres de África que no tenían juguetes. Así es que me veía obligado por “normas de la casa” a pedir un máximo de 10 juguetes porque “todos no podían ser”.

 

 

Y así fue como, poco a poco, Navidad tras Navidad fui aprendiendo a ajustar mis deseos a la realidad ya no solo personal sino global. Y tal vez por eso ahora me encuentro en esa extraña situación no poco frecuente que muchos amigos míos curiosamente también experimentan de ser alérgico a las compras y de vivir con cierta desazón estas fechas tan ajetreadas y convulsas, llenas de gente en la calle con bolsas de Primark, El Corte Inglés, Zara y H&M. Y por eso, cada vez que doy un paseo por el centro solo por el gusto de ver escaparates, me dan ganas de decirle a mi madre que me acompañe para que les diga a los transeúntes que, por favor, antes de ir de compras cojan lápiz y papel.

 

 

Comentarios: 2 (Discusión cerrada)
  • #1

    Eva (sábado, 17 diciembre 2016 21:53)

    Muy buena reflexión.
    Me gusta lo que escribes.

  • #2

    mamichuli (lunes, 06 febrero 2017 19:04)

    ¡Veo Paco que tu también fuiste a la EGB! �� Los niños, bajo mi ounto de vista, necesitan el papel de ambos, padre y madre, complementados entre si.
    Veo que coincidimos en muchas cosas...¡Eso esta bien!. Jejeje.